Es cierto, el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte es de todos.
El atleta elite, el que se inicia en la actividad atlética, el que camina en busca de salud, en fin, todos tienen derecho a disfrutar de las bondades que aún le quedan al referido parque.
Pero resulta preocupante que la monumental obra poco a poco vaya perdiendo su glamour: las moles de concreto cada vez son más, las áreas verdes se reducen, las instalaciones deportivas se deterioran, su uso oficial está reservado, principalmente, para actividades artísticas, religiosas, políticas y comerciales.
Las ferias de autos son recurrentes, los programas improvisados de fabricación de peloteros se apoderan de cualquier espacio útil, las calles no soportan más deterioro, la zona este, después del Metro, nunca ha recobrado su confort.
Ahora viene la agresión del corredor Duarte, que no se quedará en la esquina suroeste (27 de Febrero con Ortega y Gassett) como se dijo al principio.
Y la nueva oficina de Sedefir en espera. Reitero, el Centro Olímpico es de todos, pero hasta dentro del desorden debe existir algún orden.
Y todo ese vendaval cuenta con el silencio cómplice del Comité Olímpico Dominicano, que nada dice al respecto, a pesar de que la mayoría de las federaciones tienen su sede allí.