Democracia, paciencia agotada

Patricia Arache
Patricia Arache

Tras décadas de construcción institucional luego de experiencias autoritarias que marcaron la historia nacional, resulta especialmente significativo que una parte importante de la ciudadanía manifieste hoy señales de desencanto con el desempeño de la democracia.

Durante años, los dominicanos han escuchado los mismos diagnósticos: deficiencia en los servicios de agua y electricidad, crisis hospitalarias recurrentes, dificultades de acceso a la vivienda, problemas de movilidad, transporte público desastroso y una educación, cuya calidad todavía no alcanza el nivel que demanda el desarrollo nacional.
Generaciones enteras han visto desfilar gobiernos de distintos colores políticos prometiendo soluciones que, en muchos casos, avanzan muy lentamente para la magnitud de los desafíos.

Latinobarómetro es un estudio de opinión pública, producido cada año por una Organización no Gubernamental (ONG) del mismo nombre, en 18 países de América Latina, a partir de una muestra representativa de los más de 600 millones de habitantes de la región.

Este año el estudio aporta importantes aspectos sobre el valor de la democracia y de instituciones del país, como el Congreso Nacional y sus miembros.

De acuerdo a esos resultados, el apoyo a la democracia en República Dominicana cayó en 8 puntos, de 55 % en 2024 a 47 % en 2026, situándose por debajo del promedio latinoamericano de 52 %, lo cual no debería sorprender mucho, aunque resulte duro admitirlo.

El 61 % de los dominicanos afirma que no le importaría que llegara al poder un gobierno no democrático si resuelve los problemas del país, lo cual es sumamente inquietante.

El 69 % considera que "un poco de mano dura" del Gobierno no viene mal al país, aunque el 70 % sostiene que sin elecciones no puede haber democracia, lo que revela que el apego a los mecanismos democráticos sigue siendo fuerte y que las personas siguen valorando el voto y la legitimidad democrática, aunque cuestionan la capacidad de las instituciones para responder a los problemas que afectan su cotidianidad.

Esa brecha entre expectativas y resultados también se refleja en otro dato preocupante: el 68 % de los dominicanos dice no sentirse representado por el Congreso Nacional y las razones de ese distanciamiento parecen evidentes, si se trata de evaluar resultados de calidad, más allá de la cantidad.

Es obvio que la mayoría de los dominicanos no está pidiendo menos libertad, sino que está exigiendo más eficacia, pero, al parecer, los políticos que tienen la responsabilidad y el compromiso de contribuir a preservar la democracia no se están dando cuenta.

Es claro que en todo esto hay un mensaje inequívoco a la clase política: la legitimidad electoral ya no basta. Gobernar exige, ahora más que antes, resultados tangibles.

Cuando el ciudadano pasa horas atrapado en un tapón, encuentra dificultades para acceder a servicios de salud de calidad o siente que el costo de la vida avanza más rápido que sus ingresos, la democracia deja de evaluarse por sus principios y comienza a evaluarse por su desempeño. Ese es el verdadero riesgo.

La historia demuestra que los gobiernos autoritarios pueden prometer soluciones rápidas, pero suelen hacerlo a costa de libertades, controles institucionales y ausencia de rendición de cuentas y también que las democracias que no producen resultados terminan debilitando su propia credibilidad. República Dominicana enfrenta hoy ese desafío.
El ciudadano común no parece estar rechazando la democracia como sistema político ideal, pero sí está mostrando una creciente frustración por su incapacidad para resolver los problemas cotidianos.

Y cuando una democracia deja de ofrecer respuestas convincentes, comienza a quedarse sin el recurso más valioso que posee, que es la confianza de su gente.

Honorables políticos, todavía hay tiempo de recuperar parte de lo perdido. No dejen que corra por la borda tanta sangre, sudor y lágrimas con las que se ha forjado la democracia en República Dominicana. Las presentes y futuras generaciones no se lo perdonarían, jamás.

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Patricia Arache