Democracia criolla

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La democracia sirve para zanjar las cuestiones de poder sin recurrir a la violencia.

No es una teología moral, ni un criterio epistemológico para la verdad.

La mayoría -absoluta o relativa- indica exclusivamente una decisión avalada por medios pacíficos para zanjar un enfrentamiento entre posiciones diferentes o candidaturas diversas.

El sentido común -a la manera anglosajona- es la mejor filosofía que le asiste a los procesos democráticos.

En nuestro entorno, más conformado por la mentalidad mediterránea y las angustias existenciales pequeño burguesas, la democracia se trastrueca en nuestros lares en orgasmos autoritarios, apelaciones morales y discursos subliminales.

La decisión de la mayoría siempre es cuestionada, culpabilizada emocionalmente, objetada por principios etéreos, o vulgarmente rechazada por tronchar apetitos atorados en sueños egocéntricos.

No hay suficientes pedestales para tantos hombre y mujeres “preclaros” aspirando a enriquecerse a costa del erario público.

Demasiados “jalando aire” con ganas de “servir en el Estado”. Por eso nos encontramos discursos variopintos mal vestidos de demócratas, desde llamados a salir a la calle objetando las elecciones hasta obtusos definiendo nuestra democracia como dictadura constitucional.

Se suman a ellos, renunciantes antes de tiempo y buscones detrás del candidato.

Todo un carnaval más signado por el autoritarismo que por la democracia. Sumado a todo eso una legión de jubilados que se aferran a liderazgos caducos, a la usanza balaguerista. Incapaces de dialogar con la sociedad.

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El Día

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