Jueves, 21 de marzo, 2019 | 5:39 pm

Democracia a la carta



Definir la democracia es tan complejo que prácticamente cada autor que emprende la tarea termina estableciendo su propia definición. Hay definiciones de índole filosófica, cultural y hasta procedimental. Un autor como Popper evade el concepto y prefiere referirse a “sociedad abierta” en lugar de democracia, estableciendo que la apertura al cambio siguiendo la voluntad mayoritaria de la sociedad es el rasgo esencial de la democracia.

La democracia actual poco tiene que ver con la ateniense del siglo V a.n.e. Allí unos pocos cientos se reunían en el ágora -los ciudadanos de Atenas-, excluyendo a la mayoría que era considerada esclava, todas las mujeres y los extranjeros griegos. Hoy día el nivel de inclusión social de las democracias es casi absoluto, excluyendo únicamente a menores de edad, presos condenados y extranjeros. Cuando me refiero en las dos oraciones anteriores a la democracia, lo limito a la participación en las elecciones, sea como votante o candidato, pero la democracia es mucho más que eso. Incluso a nivel electoral demanda la libertad de organización partidaria que permita candidaturas y programas de gobierno de distintos matices ideológicos.

No es posible una democracia mono-partidista, ni impedimentos para que partidos de todo tipo de ideología compitan por el voto. Si existe alguna prohibición es para los grupos políticos que tengan entre sus objetivos la eliminación de la misma democracia. Es una petición de principio elemental.

A nivel filosófico la democracia es la construcción de sociedades donde los individuos puedan disentir entre si y hacerlo mediante el diálogo civilizado, nunca con la violencia, o medidas represivas contra quienes piensan diferente. Este nivel de la democracia ha de forjarse en los espacios familiares y escolares, y que al niño o joven ir interactuando con la sociedad en un sentido más amplio, encuentre procesos similares.

El eje de esa cultura democrática es el reconocimiento de todo ser humano, sin importar su manera de ser, como un igual a él. Sobre la base de esa igualdad es entendible la rica diversidad de facetas que cada persona tiene, pero ninguno de sus rasgos ha de conducirnos a su exclusión o marginación. Educar en esa igualdad, y el respeto por la diversidad, es el núcleo fuerte de toda sociedad democrática en sus rasgos culturales. Los mecanismos deliberativos y electorales son consecuencia natural de esa formación esencial.

Una de las aberraciones más graves contra la democracia es identificarla únicamente con una ideología o creencia. Al leer análisis políticos y de prensa nos encontramos con enfoques donde únicamente se considera un triunfo de la democracia electoral si gana un partido de derecha o de izquierda, o si el candidato comparte valores religiones cristianos o es opuesto a uno o varios de ellos.

En una auténtica democracia electoral, si el mecanismo es transparente y justo, gane quien gane será fruto de una mayoría que optó por dicho partido o candidato. No es el mejor necesariamente, pero si el que ha preferido la mayoría. Si luego el candidato actúa opuesto a lo que prometió o emprende acciones contrarias al mismo orden democrático, es obligación de la sociedad constituida en mayoría, oponérsele y usar las vías constitucionales para quitarle de la posición.

No hay garantía en democracia sobre la idoneidad del escogido, simplemente es quien favoreció la mayoría. Por tanto una democracia en construcción -¿existe otro tipo?- demanda hombres y mujeres que participen con lucidez en el escenario público, en partidos políticos o fuera de ellos, esforzándose en entender los argumentos que les son adversos y dedicando tiempo a construir responsablemente sus propias propuestas.

No hay democracia si no buscamos organizarnos en función de aquellos objetivos que trascienden nuestras necesidades personales y abrirnos a las cuestiones que sean de beneficio para la mayoría.

Democracia implica construir opinión pública racional y con demandas viables, nada de sueños, realidades concretas, que ayuden a garantizar bienestar colectivo y respeto por la dignidad de todos los habitantes que habitan en la nación y si nuestro corazón es suficientemente robusto, promover la paz y cooperación entre los pueblos.

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