Hay una frase que, en los últimos meses, he escuchado repetirse con una frecuencia que inquieta: “No me falta capacidad; me faltan oportunidades.”
La pronuncian personas con años de experiencia, formación y un deseo genuino de seguir trabajando. No lo hacen desde el conformismo ni desde la resignación, sino desde la frustración de sentirse preparadas para aportar y descubrir que, de un momento a otro, las oportunidades comenzaron a escasear.
Durante años hicieron exactamente lo que se esperaba de ellas. Estudiaron, aceptaron desafíos, aprendieron de los errores, lideraron equipos y construyeron una trayectoria con la convicción de que la experiencia abriría más puertas, no que terminaría cerrándolas.
Hasta que un día comenzaron a sentir que algo había cambiado.
La llamada no llega. La entrevista nunca se concreta. El currículum parece perderse entre cientos de postulaciones. Y, casi sin darse cuenta, aparece una sensación difícil de nombrar: seguir teniendo mucho para ofrecer y, al mismo tiempo, sentir que cada vez hay menos espacios para demostrarlo.
Ahí nace una de las paradojas más silenciosas del mundo laboral: demasiado joven para jubilarse, demasiado mayor para ser contratado.
Las organizaciones evolucionan, los perfiles cambian y las necesidades del mercado también. Adaptarse forma parte de cualquier proceso de crecimiento. Pero precisamente por eso vale la pena detenernos en una pregunta que rara vez ocupa espacio en la conversación pública: ¿qué estamos haciendo con la experiencia de quienes todavía quieren seguir construyendo?
Hay conocimientos que no aparecen en un diploma ni se adquieren en un curso. Se forjan tomando decisiones difíciles, enfrentando crisis, corrigiendo errores, acompañando equipos y aprendiendo, muchas veces, de aquello que no salió como se esperaba. Ese aprendizaje no tiene atajos.
A veces olvidamos que detrás de un currículum hay una historia. No estamos hablando únicamente de años de servicio. Estamos hablando de personas que todavía desean sentirse útiles, levantarse cada mañana con un propósito y seguir aportando aquello que aprendieron durante toda una vida.
Quizás la conversación no deba centrarse en elegir entre juventud o experiencia. Tal vez el verdadero desafío sea encontrar la manera de hacerlas convivir. Porque las organizaciones necesitan nuevas ideas, pero también necesitan criterio, memoria y la serenidad que solo dan los años.
No se trata de abrir puertas por compasión ni de cerrarles el paso a las nuevas generaciones. Se trata de reconocer que el talento no tiene una única edad y que una sociedad que deja de valorar la experiencia corre el riesgo de desperdiciar uno de sus recursos más valiosos.
Algún día, si la vida nos concede ese privilegio, todos tendremos más experiencia que juventud.
Y cuando llegue ese momento, ojalá nadie tenga que mirar su currículum con la dolorosa sensación de que aquello que más le costó construir terminó convirtiéndose, precisamente, en la razón por la que dejó de ser visto.
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