De rodillas

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Llámele chismes, delaciones o chivateos –en ciertos casos de la más baja ralea, como si vinieran de esbirros trujillistas- o, si prefiere, simplemente comulgue con el conservadurismo de los insignes lambones, quienes prefieren el término “cables diplomáticos”.

La parte más deprimente de nuestros wikiLeaks –que no separan el dato de la subjetividad ni los prejuicios de los embajadores y cónsules de la realidad reportada- es la proclividad de nuestros políticos y burócratas a arrodillarse ante La Embajada.

Los temas hasta ahora develados me hacen imaginar –por su morfología- unos diálogos de comadronas de patio, confesionario que dibuja una lamentable expresión de cobardía, de desapego a la institucionalidad, en busca de soluciones a partir de la presión americana.

Carecen de gallardía quienes flaquean ante el deber de hacer prevalecer el imperio de la ley, la transparencia y las mejores prácticas en la gestión pública para inclinarse por el “chismoteo” para legitimarse a sí mismos.

Muchos de estos seres –miembros de la denominada élite dirigente- han ido con desparpajo orgásmico a la fila para gozar su misión de chupamedias y procurar una bendición del Tío Sam que, en lugar de realizarse como sueño íntimo, se convierte en una etiqueta que los pone en evidencia.

Qué sabio es el principio bíblico que expresa: No hay nada oculto que no sea manifiesto ni escondido que no haya de saberse. Poco importa el falso compadreo ante las cámaras, las lágrimas cocodrilezcas, la aclaración urgente, el esfuerzo por restar impacto a los cables y la selección forzada de contextos.

La verdad es que arrastramos un portentoso fracaso por no haber podido construir una sociedad realmente democrática, en la que funcionen los mecanismos institucionales, se cumplan las leyes y se apliquen las consecuencias derivadas de su violación.

Esa, y no otra, debe ser la gran vergüenza nacional, el motivo de sonrojo. El resto, donde habita el morbo, el juicio avieso, el chisporroteo mediático y el pánico, poco me importa, aunque no niego que ofrece la ocasión para unas cocalecas viendo los temblores de los aludidos.

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El Día

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