De la insostenibilidad a la sostenibilidad minera
Desde que el ser humano descubrió que podía utilizar los materiales metálicos y los no metálicos disponibles en la corteza terrestre, se inició la actividad minera como forma de extraer y procesar elementos fundamentales para el desarrollo de la sociedad de ayer, la de hoy, y la de mañana.
Todos estamos conscientes de la importancia vital de los elementos minerales para que podamos disponer de alimentos, de utensilios de cocina, de agua potable, de viviendas, de medicinas, de hospitales e instrumentos diagnósticos y quirúrgicos, de ropas y zapatos, de carreteras y puentes; de combustibles y energía eléctrica, de autos, aviones y barcos; de teléfonos, radios y televisores, etc., etc. Si se paralizara la minería, se paralizaría el mundo, y en honor a la verdad no estoy cometiendo una herejía.
Sin embargo, no obstante su papel indispensable en el desarrollo de la humanidad, pues sin la minería el mundo jamás habría sido lo que hoy es, las empresas mineras se han empeñado en proyectar la peor de las imágenes industriales, ya que casi todas las mineras, innecesariamente, se han dedicado a explotar de forma irracional e insostenible los recursos minerales de la corteza terrestre, lo cual ha degradado de tal forma los entornos mineros, que hoy en ninguna parte del mundo la gente quiere ver una empresa minera cerca, y sobran las razones por los malos ejemplos.
La voracidad comercial desmedida de la mayoría de las empresas mineras les ha llevado cuesta abajo en desenfreno, y su único objetivo ha sido el irracional lucro salvaje, olvidando el respeto por el medio ambiente, ignorando los derechos de las comunidades vecinas, contaminando ríos, presas y arroyos cercanos que antes suplían agua potable para comunitarios, para acueductos y para canales de riego; deforestando, contaminando el aire y degradando los suelos que antes eran fértiles. Para la sociedad de hoy la minería se ha convertido en lo peor de lo peor.
Hablar hoy de minería es hablar de contaminación por cianuros, contaminación por mercurio y cadmio, contaminación por plomo o arsénico, contaminación por drenajes extremadamente ácidos, contaminación con gases tóxicos y polvillo silíceo o carbonoso, etc., etc., y nada de eso era necesario, pues se puede hacer una correcta minería sin degradar el entorno, pero eso cuesta dinero, y a las empresas mineras no les gusta gastar dinero en control ambiental ni en beneficio social. Quieren quedarse con todo el dinero, y dejarle a la comunidad la degradación, la contaminación y la pobreza extrema. Y eso es odioso.
El rechazo mundial a las actividades mineras ha de obligar a esas importantes industrias a redefinir sus metodologías de explotación y de procesamiento mineral, les ha de obligar a convivir en armonía con el medio ambiente y con las comunidades vecinas, les ha de enseñar que ellas no son dueñas del subsuelo, sino beneficiarias por concesión de esos recursos naturales, no renovables, que pertenecen a los pueblos y no a ningún gobierno, y que los beneficios deben ser compartidos en iguales proporciones con los gobiernos, con las comunidades y con la protección del medio ambiente.
Cuando las empresas mineras vean que todas las puertas ambientales y sociales estén definitivamente cerradas para la depredación, la contaminación, la marginación, el soborno y el robo contra los pueblos, entonces tendrán que llegar a nuevos acuerdos ambientales y sociales, y la sociedad volverá a abrir las puertas para la producción de los elementos metálicos y no metálicos que son tan indispensables para la vida y para el desarrollo de la sociedad de hoy y de mañana, pero con nuevas reglas.
Ese será el momento en que habremos pasado de la insostenibilidad minera de ayer y de hoy, a la sostenibilidad minera de mañana.
Y eso, obligatoriamente, tendrá que ser muy pronto.