De espalda a la cultura

Un país sin cultura. Eso se dice de una nación que se coloca de espalda a la superación en diversos ámbitos. O que no tiene la forma de salir de un círculo vicioso en ámbitos de comportamiento ordinario.

A los dominicanos –y por extensión, al país–, se les acusa de no tener cultura de ahorro económico –quizá por los magros sueldos que se devengan–, pero tampoco hay cultura de ahorro en el área de la energía, del agua; y seguimos sin tener cultura urbana.

No hay cultura culinaria, no somos cultores de férreos valores cívicos. No tenemos cultura vial, de circulación urbana y civilizada en las calles y avenidas.

En las pasadas elecciones dimos muestra (el país, los dominicanos) que tampoco tenemos cultura democrática. Son muchos males para un país tan pequeño, que comparte su territorio con otra nación, ya que somos parte de una isla.
Se trata de una ausencia de cultura que permea los servicios públicos.

No hay forma de pagar un servicio y que se ofrezca calidad. Los consumidores, a su vez, no tienen una firme cultura de exigir sus derechos. La cadena se extiende a los servicios de salud, a la educación, a la propia cultura como tal, que debe servir como área de esparcimiento y escuela estética, a través de los teatros, cines y centros culturales.

A la pregunta: ¿de quién es la culpa? No habrá respuesta.

O si la hay es una responsabilidad que se diluye en irresponsabilidades compartidas, que pasa de un sector a otro, o se dice que forma parte de una herencia del pasado. Lo cierto es que no podemos, en pleno siglo veintiuno, seguir viviendo bajo todas estas carencias, que tienen un nombre: subdesarrollo.

Hay que encarar con decisión nuestra pobre realidad y empezar a buscar soluciones.