De colmados a colmadones
Hay muchos colmados en diversas zonas de las ciudades que son tomados como puntos de diversión, muchas veces sanas, que ofrecen la oportunidad que la juventud necesita para reunirse y compartir con amigos y relacionados.
La juventud, con una inmensa mayoría dedicada a los estudios, al trabajo y desarrollo para su superación personal, necesita divertirse. Es algo inherente a su condición, a sus expectativas. Va con los tiempos, pero hay límites y derechos que merecen respetarse.
Hace poco, el párroco de la iglesia Nuestra Señora de la Altagracia, en Villa Altagracia, suspendió una misa que oficiaba porque la música y la bulla de un colmado cercano se lo impedían. Salió de la iglesia acompañado de su feligresía y conminó a los dueños del negocio a bajar el volumen del aparato.
Esa situación de bulla y fiestas fuera de cauce se vive a diario en muchos colmadones. Antes, cuando había un horario controlado se vivía con mayor sosiego. Se imponía la autoridad y nadie atentaba contra el orden con tanto desafío.
Hay zonas, en el Distrito Nacional, la provincia Santo Domingo y muchas ciudades del interior conde la diversión desmesurada impide el descanso, perturba la paz de los vecinos e incita a tomar acciones personales correctivas, porque no hay otra forma de conseguir imponer la tranquilidad.
Es saludable que los policías duerman, pero no hasta el punto que la vida nocturna se convierta en una pesadilla para los munícipes que viven en el entorno de colmados donde los noctámbulos y bullangueros arman sus fiestas.
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