Martes, 15 de octubre, 2019 | 12:15 am

Dataísmo y grado cero de libertad



Una de las falencias más inquietantes de la modernidad tardía en que vivimos parecía ser la relación diametralmente opuesta entre libertad y seguridad.

Una mayor seguridad, especialmente la que descansa en panópticos o dispositivos digitales, implica una reducción proporcional de la libertad. En esta nueva ecuación social, la relevancia del dato ha sustituido la preeminencia del cuerpo.

El individuo se posterga ante la valoración fanática de la huella digital y su espectro en la gran pantalla universal: aquella que nos permite vigilar mientras somos simultáneamente vigilados.

La cuestión estriba en reconocer que, producto de la alienación en el dato y el culto al dataísmo, una cuota mayor de conocimiento aditivo genera una creciente cuota de auto opresión, menor libertad y dilución de identidad.

La relevancia es hoy del dato y la información volátil; no del individuo y su facticidad o proximidad, últimas que quedan subsumidas en la voracidad transparente y etérea del medio digital.

El ‘ludens’ y el ‘sapiens’ han cedido su dominio al ‘Homo electronicus’ o ‘digitalis’.

Vivimos la era de la atrofia y la anomia humanísticas inducidas por el fundamentalismo perverso de la digitalización globalizada, donde el mundo, la libertad y el sujeto reales se vacían de sentido.

Descubrí el concepto de dataísmo, como revolución de los datos, en Byung-Chul Han (2015), quien, a su vez, en la construcción teórica del Big Data y la Psicopolítica como superación de la Biopolítica de Foucault, refiere a David Brooks (2013) y a Chris Anderson (2008).

El dataísmo es una filosofía emergente, cuyo presupuesto cultural implica que todo lo memorable debe ser medible, que en los datos hay fiabilidad y transparencia, que el dato filtra o elimina los quiebres emocionales y de las ideologías, permitiéndonos la predicción del futuro. De aquí el apogeo de esta suerte de segunda Ilustración, según Han, que presume que los números hablan por sí mismos, pudiendo prescindirse de todo saber humanístico.

La presunción misma del dataísmo de superar toda forma de ideología lo convierte en una ideología más, la de la cuantificación totalitaria. Por esto reclama Han una tercera Ilustración, “que revele que la Ilustración digital se convierte en esclavitud” (p. 88), que el dataísmo es sinónimo de nueva y violenta barbarie sofisticada.
Juval Harari refiere la problemática de la religión de los datos como dataísmo, un tipo de saber que no es ni liberal ni humanista.

Luego de reducir al individuo, por mor del evolucionismo radical, a su anatomía y fisiología, el pensador fulmina las nociones de libertad, libre albedrío e individuo, en tanto que resultados de una lógica defectuosa. Serán fósiles en el siglo XXI, predice. No hay “individuos”, sino “dividuos”.

“Las ciencias de la vida socavan el liberalismo y aducen que el individuo libre es un cuento ficticio pergeñado por una asamblea de algoritmos bioquímicos.

En cada momento, los mecanismos bioquímicos del cerebro dan lugar a un destello de experiencia, que desaparece de inmediato”. (Homo Deus, p. 335). El universo es concebido como flujo de datos y los organismos vivos son reducidos a algoritmos orgánicos o bioquímicos modelados por la selección natural.

El declive del individuo y la libertad, por efecto de un saber más ilustrado en biotecnología y algoritmos informáticos nos ayudarán, aduce, a diferenciar la ficción de la realidad, la religión de la ciencia.

Lo que no alcanza comprender Harari es que el predominio de los algoritmos no orgánicos o inteligencia artificial por sobre los algoritmos orgánicos de lo humano nos empujaría a una ceguera radical sin diques éticos, cuya carrera por el dato mutilará y expulsará, del espíritu y la cultura, el conocimiento y la libertad: dictadura feroz del control digital.

José Mármol

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