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Cuba, un modelo agotado

Cuba atraviesa hoy una de las crisis energéticas más severas de su historia reciente, un colapso que no surge de manera aislada ni coyuntural, sino que se superpone a una crisis económica estructural que el régimen ha arrastrado durante décadas.

Los apagones prolongados, la escasez de combustibles y la parálisis de sectores productivos son apenas la manifestación más visible de un modelo que hace tiempo dejó de ofrecer respuestas a las necesidades básicas de su población.

La sociedad cubana vive sometida a restricciones materiales que resultan anacrónicas en pleno siglo XXI. Limitaciones en el acceso a alimentos, medicinas, energía y servicios esenciales se han normalizado bajo un sistema que, lejos de corregirse, ha optado por petrificarse.

La persistencia de este esquema no sólo profundiza el sufrimiento cotidiano de los cubanos, sino que evidencia el creciente aislamiento de un régimen que se va quedando solo frente a un mundo que avanza en direcciones opuestas.

Hace mucho que el sistema económico y político cubano mostró ser inviable. La supervivencia artificial del modelo, sostenida por subsidios externos y controles internos, ha impedido el desarrollo integral del país y ha frustrado las legítimas aspiraciones de varias generaciones.

Sin reformas profundas, que incluyan una verdadera liberalización económica, el establecimiento de un sistema democrático y el respeto pleno a las libertades fundamentales, no existe posibilidad real de recuperación ni de progreso sostenible.

Un colapso estrepitoso de Cuba no sería beneficioso para nadie. No lo sería para su pueblo, que ya paga un alto precio, ni para América Latina, que podría verse afectada por flujos migratorios descontrolados, inestabilidad social y nuevas tensiones políticas.

Propiciar transformaciones reales es el único camino para devolverle a Cuba la posibilidad de insertarse con dignidad en la comunidad internacional, generar oportunidades para su gente y reconstruir un proyecto nacional basado en la libertad, la prosperidad y el respeto a la voluntad popular.

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