¿Cuánto vale una vida?

Nassef Perdomo Cordero
Nassef Perdomo Cordero, abogado.

El viernes en la tarde, un grupo de motoristas persiguió y dio muerte a Deivy Abreu Quezada, conductor de un camión de recogida de desechos sólidos en Santiago. La razón del hecho no es clara en este momento, pero podría estar vinculada a un accidente de tránsito menor. Su muerte fue captada por un transeúnte, quien dio a conocer el vídeo en las redes sociales.

Es evidente e indiscutible que los matadores de Deivy Abreu Quezada cargan con su responsabilidad personal por el hecho, nadie puede cuestionar eso. Ahora bien, esta agresión puede servirnos al resto para examinar cómo es posible que en nuestra sociedad ocurran estas cosas.

Hay dos explicaciones posibles. Por un lado, que los matadores son anomalías que un día se cruzaron con su víctima. Por otro lado, que son personas responsables por sus hechos, pero también que operan en un contexto que incentiva estas prácticas. Particularmente a mí me resulta más convincente la segunda explicación. Esta no implica un descargo ni moral, ni ético ni jurídico de los agresores, pero nos ayuda a entender mejor qué podemos hacer los demás para contribuir a evitar que cosas como éstas sucedan con tanta frecuencia.

Y esta es la clave de todo, porque el problema de la agresividad del tránsito, y de los motoristas en particular está generalizado. Conducir en este país es arriesgarse a la muerte si uno tiene un choque mínimo con un desalmado.

Creo que, aunque no son los únicos factores relevantes, hay dos cuestiones que debemos atender: la ausencia de presencia estatal en el control del tránsito y el desprecio por la vida humana que permea nuestra sociedad.

El Estado ha fallado, y no hay forma de negarlo. Que República Dominicana se ubique consistentemente entre los países con mayor índice de muertes en accidentes de tránsito no es casual. El desorden tiene consecuencias. Sobre todo, en un país en el cual la sonrisa es fácil, y también la violencia.

Esto es lo segundo, y debemos derivar consecuencias de ello: En oposición a la visión tan bucólica como falsa que tenemos de nosotros mismos, lo cierto es que la violencia como forma de resolver los conflictos es todavía nuestro estándar. Esto es algo que el Estado no puede solucionar. Requiere de una decisión consciente y colectiva de buscar otra forma de ser. Nos hace falta.