Domingo, 22 de septiembre, 2019 | 11:58 am

Cuando las hormigas se quieren perder…



Se dice que cuando las hormigas se quieren perder le han de nacer alas. Me atrevo a decir que en muchos casos no es que les nacen las alas, sino que ellas mismas se las ponen.

Pobres integrantes del mundo animal que tomamos como ejemplo para simbolizar conductas del miembro viviente racional de la naturaleza.

Más que ningún otro ser viviente, el ser humano se convierte en artífice de su desgracia.

Tanto así que personas a las que se les atribuye inteligencia superior a la media se meten ellas solitas en unos líos de los cuales solo les puede reportar pérdida.

Lo extraño es que otros que no disfrutan de su brillantez, ven con tanta claridad el precipicio que esos dotados de inteligencia superior no logran ver, aunque estén en el borde.

A lo mejor la adulación, la soberbia o quizás confianza excesiva, lleva a esas figuras, respetadas por su pericia, a caminar hacia el barranco.

Quizás eso explica el porqué justo cuando pensábamos que la democracia dominicana caminaba a nuevos estadios para que pudiéramos hablar de “calidad de democracia”, nos volvemos a enredar en los viejos dilemas.

Hoy tenemos las mismas discusiones de los años setenta y los años ochenta. Para mayor gravedad, hemos complicado tanto nuestro sistema electoral que no me extrañaría que repitamos las crisis de los noventa en esta materia.

Pareciera que no ha bastado con los problemas que nos llegan solos o provocados por otros, como la campaña de descrédito al turismo dominicano, sino que les sumamos crisis que a simple vista parecieran innecesarias o evitables.

Un país que en un momento se convirtió en modelo de crecimiento económico en América Latina, empieza a verse con incertidumbre y hasta con desconfianza por acciones que los mismos dominicanos acometemos.

Resulta decepcionante que dos estadistas se hayan envuelto en una disputa tal que da la impresión de que estamos al borde de una confrontación violenta o que la estabilidad política pudiera sucumbir.

La entrada al primer mundo se nos vuelve a poner lejos, luego de que pensábamos que caminábamos en esa dirección.

Ser del primer mundo no solo es tener mejoras económicas, sino institucionales, culturales y ciudadanas.

Pareciera que en República Dominicana sigue seduciendo el siglo XIX, el caudillismo, la anemia institucional. Así es difícil avanzar.

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