Por: Julio Disla
Nunca había votado por un hombre de derecha en la República Dominicana. Nunca. Mi historia política —militante, crítica, comprometida con las mejores causas populares— había sido coherente incluso en los momentos más difíciles. Sin embargo, rompí esa línea cuando el partido en el que milito decidió asumir, en termino táctico, la candidatura de Luis Abinader Corona. Lo hice no por convicción, sino por disciplina. No por fe, sino por lealtad orgánica. Y hoy, con plena conciencia histórica y política, debo decirlo sin rodeos: me arrepiento.
El arrepentimiento no es un gesto individual ni una catarsis íntima. Es una toma de posición política. Votar por Abinader fue, en mi caso, contribuir —aunque fuese de manera indirecta— al ascenso de un proyecto profundamente conservador, retrógrado y ajeno a las tradiciones democráticas y soberanas que históricamente han inspirado a los buenos dominicanos y sectores progresistas del país.
En estos años, Abinader ha demostrado ser, sin exageración alguna, el presidente más conservador y regresivo de las últimas tres décadas. No solo en lo económico y social, donde ha gobernado para las élites y los intereses empresariales, sino de manera especialmente grave en política exterior. La República Dominicana, que alguna vez sostuvo posiciones dignas, autónomas y prudentes en el escenario internacional, hoy aparece subordinada, alineada sin matices, renunciando a una voz propia en favor de agendas ajenas.
Su política exterior no responde a los intereses estratégicos del pueblo dominicano, sino a los dictados de Donald Trump y centro de poder externos. Ha sido una diplomacia sin soberanía, sin imaginación y sin coraje. Una política exterior que no dialoga con la historia, que ignora la tradición anti-intervencionista de los dominicanos y latinoamericana, y se arrodilla ante los nuevos y viejos imperios con la misma docilidad con que se gobierna hacia adentro: excluyendo, criminalizando la protesta y vaciando de contenido la democracia.
El problema no es solo Abinader. El problema es lo que representó y representa el proyecto PRM: la normalización de la derecha como opción “razonable” para sectores que históricamente lucharon contra ella. El error fue creer que el poder transforma a los hombres; cuando, en realidad, lo que suele hacer es revelar con crudeza quiénes son y a quién sirven.
Asumo mi parte de responsabilidad. No me escondo detrás de excusas tácticas ni de cálculos coyunturales. Haber contribuido a su ascenso al poder es una carga política que no se borra con silencios ni con justificaciones tardías. Por eso hablo. Por eso escribo. Porque callar sería repetir el error.
Este arrepentimiento no es derrota; es aprendizaje. No es renuncia; es rectificación. La militancia verdadera no consiste en obedecer ciegamente, sino en defender principios incluso cuando incomodan. La historia no absuelve a quienes se equivocan, pero puede comprender a quienes rectifican a tiempo.
Hoy digo, con claridad militante y sin ambigüedades: votar por Luis Abinader fue un error político profundo. Y reconocerlo es el primer paso para que no vuelva a repetirse.