Hay un momento en la vida política de los pueblos en que la ilusión comienza a ceder terreno a la experiencia. No porque desaparezca la esperanza de transformar la sociedad, sino porque la realidad se empeña en demostrar que los mismos actores, con distintos discursos, terminan administrando el mismo modelo de poder.
Hace mucho tiempo que las campañas electorales dejaron de despertar entusiasmo en millones de personas en Republica Dominicana. No es apatía; es el resultado de décadas viendo cómo se repite una misma historia. Se sustituye un gobierno por otro, cambian los colores de las banderas, se renuevan los rostros y las promesas, pero las estructuras económicas, los privilegios de las élites y las relaciones de poder permanecen prácticamente intactas.
Durante más de medio siglo hemos asistido al mismo espectáculo. El pueblo expulsa del poder a un gobernante porque se siente frustrado. Llega otro ofreciendo un cambio profundo, una nueva forma de gobernar, una ruptura con el pasado. Pasan los meses o los años y la decepción vuelve a instalarse. Entonces comienza la nostalgia, esa peligrosa trampa política que nos hace repetir: “El anterior no era tan malo”. Y así, la sociedad termina girando sobre sí misma, atrapada en un ciclo interminable donde los responsables de ayer reaparecen como los salvadores de hoy.
Ese círculo no es casual. Es funcional a un sistema que necesita administrar el descontento sin permitir transformaciones estructurales. La alternancia electoral termina sustituyendo la verdadera transformación social. Se cambia el administrador, pero no el modelo. Se renuevan los rostros, pero no las reglas del juego.
Lo verdaderamente dramático es que esta dinámica también bloquea el surgimiento de nuevas generaciones. Jóvenes con capacidad, honestidad y compromiso social permanecen relegados porque los partidos tradicionales siguen secuestrados por los mismos liderazgos de siempre, convertidos en maquinarias electorales donde el relevo es más una amenaza que una necesidad. Mientras tanto, el país envejece políticamente y la democracia pierde su capacidad de renovarse.
Una democracia que solo ofrece elegir entre los mismos proyectos agotados deja de ser un instrumento de emancipación para convertirse en un mecanismo de administración de las riquezas de los de arriba. El ciudadano termina votando no por convicción, sino por miedo al adversario o por la frustración acumulada con quien gobierna. Esa no es la democracia plena con la que soñaron quienes lucharon por la justicia social; es una democracia limitada por el peso de las mismas élites políticas y económicas.
Romper ese ciclo exige mucho más que cambiar un candidato o un partido. Exige construir una nueva cultura política basada en la participación consciente, la ética pública, la organización popular y la capacidad de fiscalizar permanentemente a quienes ejercen el poder. Significa dejar de depositar la esperanza exclusivamente en las urnas para convertir al pueblo en protagonista cotidiano de las decisiones nacionales.
Las nuevas generaciones no necesitan permiso para participar en la construcción del país. Necesitan espacios reales para demostrar que otra forma de hacer política es posible: una política donde el servicio sustituya al privilegio, donde la transparencia derrote a la corrupción y donde el interés colectivo prevalezca sobre los negocios privados del poder.
La historia demuestra que ningún pueblo cambia su destino repitiendo indefinidamente las mismas fórmulas. Los procesos de transformación nacen cuando la ciudadanía deja de conformarse con administrar sus decepciones y decides construir alternativas capaces de desafiar el orden establecido.
La pregunta sigue abierta: ¿romperemos algún día ese círculo? La respuesta no depende de un caudillo providencial ni de una campaña publicitaria mejor diseñada. Depende de la conciencia colectiva de un pueblo dispuesto a comprender que el verdadero cambio no consiste en reemplazar un administrador por otro, sino en transformar las estructuras que producen, una y otra vez, las mismas frustraciones.
Porque un futuro diferente jamás será posible mientras insistamos en recorrer los mismos caminos que nos condujeron al presente.
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