Cuando el teatro se convierte en refugio
Por Roira Sánchez
Santo Domingo. En tiempos donde el ruido parece ocuparlo todo, hay obras que apuestan por lo contrario: la cercanía, el silencio y la empatía compartida. Eso sucede en Todas las Cosas Maravillosas, el primer unipersonal de Luis José Germán, estrenado en Escenario 360.
La adaptación del texto de Duncan Macmillan narra la historia de un niño que crea una lista de cosas maravillosas para ayudar a su madre a encontrar razones para seguir adelante. Más allá del argumento, la propuesta construye una experiencia envolvente donde el público deja de ser espectador para convertirse en parte esencial del relato.
Germán no se limita a recitar un monólogo: despliega una interpretación honesta y cercana, combinando humor, sensibilidad y una capacidad poco común para conectar con la audiencia sin artificios. Tiene timing, y eso no es un dato menor: sostiene el pulso cómico sin que la comedia aplaste el drama, ni el drama ahogue la comedia, y eso se nota en cada escena. Su voz, además, sorprende: incorpora fragmentos musicales que acompañan la narrativa de manera orgánica.
La velada estuvo marcada por una construcción escénica cuidada al detalle. La iluminación, la musicalización, los recursos visuales y pequeños elementos de utilería —desde discos de pasta hasta objetos cotidianos integrados sutilmente en escena— reforzaban recuerdos y emociones dentro de una atmósfera cercana y envolvente. En uno de los pasajes, Move On Up, de Curtis Mayfield, llenó la sala de una energía entre nostálgica y vibrante que acompañaba el pulso de la obra.
Durante toda la obra, Germán se desplazó entre los asistentes, guiándolos e invitándolos a participar dentro de la historia. Algunos leían frases previamente asignadas; otros terminaban interpretando personajes o completando escenas de manera espontánea. Expresiones como “el helado”, “el color amarrillo” o “el olor de la tierra mojada” fueron pronunciadas —y en algunos instantes coreadas— por los presentes, convirtiéndose en pequeñas memorias compartidas atravesadas por añoranza y emoción contenida.
Y esto, en Santo Domingo, tiene un matiz particular. El público dominicano no es el público de un teatro europeo acostumbrado a experimentos de participación. Aquí la relación con el escenario suele ser más contemplativa, más resguardada. Que Germán logre atravesar esa resistencia cultural, sin forzarla ni ridiculizarla, es uno de los méritos más reales de la noche.
Lejos de abordar la depresión desde la oscuridad absoluta, Todas las Cosas Maravillosas utiliza la honestidad y la cercanía para abrir conversaciones necesarias sobre salud mental, duelo, familia y acompañamiento emocional.
Al finalizar la función quedaba la sensación de haber compartido algo cercano y profundamente humano.