Cuando el “resuelve” se convierte en cultura

  • Detrás de cada “resuelve” casi siempre hay alguien haciendo más de lo que le corresponde para que todo siga funcionando

Massiel Reyes Lecont.
Massiel Reyes Lecont.

Hay una palabra que en muchas organizaciones no se pide… pero lo decide todo.

“Resuelve”.

Y cuando aparece, casi nunca es una opción.

Resuelve el cliente que está esperando, el compañero que faltó, el sistema que volvió a fallar, el error que nadie vio venir. Resuelve… porque tú siempre encuentras la forma.

Al principio, se siente como un reconocimiento. Ser la persona a la que todos llaman cuando algo falla puede incluso convertirse en motivo de orgullo. Significa confianza, capacidad, respuesta.

Pero con el tiempo, ese reconocimiento deja de sentirse liviano.

Lo que un día fue un gesto extraordinario comienza a convertirse en expectativa, después en una responsabilidad no escrita y finalmente en una forma de trabajar. En ese punto, ya nadie lo celebra: solo se asume. Y lo que se asume todos los días, termina agotando.

Al hablar del salario que no se ve en la nómina comprendimos que las personas necesitan mucho más que una compensación económica. Más adelante descubrimos que el bienestar laboral tampoco cabe en una mesa de ping-pong. La cultura del “resuelve” nos lleva al mismo lugar: ninguna organización puede sostenerse saludablemente cuando depende, de manera permanente, del esfuerzo extraordinario de su gente.

El profesor Peter Senge plantea que las organizaciones inteligentes no son las que reaccionan mejor a los problemas, sino las que aprenden lo suficiente como para que esos problemas dejen de repetirse. Esa diferencia, aunque parece sutil, cambia por completo la forma de liderar.

Porque resolver una crisis demuestra compromiso, pero tener que resolver la misma crisis todos los días revela otra cosa: que algo no está funcionando.

Las crisis van a existir siempre. Ninguna organización está exenta. El problema comienza cuando dejan de ser la excepción y se convierten en rutina, y ahí empieza el desgaste.

No porque la gente pierda compromiso, sino porque ninguna estructura debería sostenerse sobre la disponibilidad infinita de quienes siempre dicen que sí, siempre se quedan un poco más y siempre apagan el fuego que otros no vieron venir.

Detrás de cada “resuelve” casi siempre hay alguien haciendo más de lo que le corresponde para que todo siga funcionando. Y eso, aunque parezca fortaleza, también es una señal.

Porque ninguna organización debería acostumbrarse a depender del esfuerzo silencioso de unos pocos.

Quizás el verdadero problema nunca fue el “resuelve”.

El problema empieza cuando una organización deja de preguntarse por qué siempre necesita que alguien resuelva.

Y lo que no se cuestiona… se normaliza.

Sobre el autor

Massiel Reyes Lecont

La autora es conferencista y maestra de ceremonias. Posee múltiples maestrías en Manejo de Personal, Relaciones Públicas y actualmente, es doctoranda en Comunicación.