Cuando el pueblo pone significado a las cosas
Pocas actividades de la cotidianidad humana resultan tan simbólicas como la política, cuyo ejercicio del poder conlleva un escrutinio permanente, a veces silente y otras manifiestas, de parte de los gobernados frente a sus gobernantes temporales.
Los pueblos usan ese simbolismo para expresar su simpatía o rechazo a una determinada gestión de gobierno a través del signo lingüístico, la unidad básica de la comunicación verbal; mecanismo que permite la representación de una realidad material mediante la asociación del significante y el significado de las cosas. El primero representa la realidad y el segundo, la asocia con la idea mental que perciba la persona.
En el caso dominicano, una mirada a través del pensamiento crítico, capacidad cognitiva que posibilita el discernimiento, mediante el análisis lógico, de la realidad que se narra desde el poder político y la que la población percibe, sobre todo los integrantes de la clase media baja y los pobres. Ahora que los presupuestos familiares se han vuelto deficitarios para esos segmentos poblacionales y el deterioro en los servicios públicos es marcado, la mayoría de la población ha comenzado a poner significado a ese significando llamado realidad material.
Manifestaciones recientes de la población frente a acontecimientos de la vida nacional testimonian su actitud firme de asignar significado a las cosas en el país, colocando al poder político a la defensiva. Destacan el rechazo a las pretensiones gubernamentales de iniciar exploraciones en las cordilleras Central y Septentrional; así como las exitosas huelgas de los trabajadores de la salud y los jueces del Poder Judicial. Se trata de muestras inequívocas de conferir valor y propósito al quehacer nacional del momento.
El significado no es algo inherente, sino una construcción interna de la conciencia que permite transformar lo ordinario en algo mejor, que motive y ayude a las personas a vivir con dignidad, sin exclusiones de ninguna naturaleza, de conformidad a los postulados establecidos en la Constitución de la República.
Hay que tomar en cuenta que el ciudadano de hoy no es el de otras épocas. En la actualidad está igualmente informado que cualquier funcionario público, gracias a la revolución tecnológica. Internet y las redes sociales han cambiado el escenario comunicacional imperante, prácticamente desde la invención de la imprenta. Los ciudadanos, quienes eran ostentadores de un papel pasivo de simples receptores, han visto con esas plataformas una oportunidad de convertirse en emisores de mensajes, en creadores de matices de opinión, en “jueces” de todo y en “expertos” de cualquier tema.
Los gobernantes tienen que demostrar el valor de la política y garantizar que son capaces de llevar bienestar de los pueblos, poniendo énfasis en el bien colectivo y el progreso social.
Indiscutiblemente que se trata del advenimiento de sociedades con más carencias ideológicas, en las que el placer inmediato y la satisfacción personal han sustituido a los valores del bien común o el bienestar social. La situación obliga a que la política y los políticos tengan la necesidad de transformarse y adaptarse a las nuevas realidades respecto al cambio de paradigma.
Los tiempos en que ganar una elección podría ser considerado como un pasaporte para hacer y deshacer las cosas de manera antojadiza hasta la siguiente votación, ya pasaron a la historia. Cada decisión y declaración de los gobernantes son inmediatamente evaluadas y respondidas a través de múltiples canales y directamente por la gente, sin intermediarios.
El gobernante que apuesta constantemente al populismo debe comprender sus riesgos; tiene consecuencias, que para un político se pagan, generalmente, en el siguiente proceso electoral.
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