Por: MaryAnne Fernández
Hay gestos que trascienden la música. Hay momentos donde un escenario deja de ser simplemente un lugar de entretenimiento para convertirse en un acto de resistencia. Eso ocurrió cuando Bad Bunny, el artista más escuchado del mundo, decidió honrar la memoria de Víctor Jara en el mismo lugar donde le arrebataron la vida, y lo hizo precisamente cuando Chile se prepara para recibir a un presidente que admira abiertamente a Pinochet.
El Estadio Nacional de Chile no es un recinto cualquiera. Sus gradas guardan el eco de miles de voces silenciadas durante la dictadura de Pinochet, convertido en campo de concentración y tortura. Allí, en 1973, Víctor Jara fue brutalmente torturado. Le quebraron las manos, le cortaron los tendones de las muñecas para que nunca más pudiera tocar su guitarra. Pero incluso sin sus manos, Víctor cantó. Cantó a capella “El Derecho de Vivir en Paz” ante sus compañeros prisioneros, hasta que lo asesinaron para callarlo definitivamente.
Cincuenta y dos años después, Bad Bunny invitó a un artista local a interpretar esa misma canción en ese mismo estadio. No fue un acto casual. Fue una declaración política en el momento más necesario: mientras José Antonio Kast, quien ha declarado públicamente que “Pinochet votaría por mí” y que ha designado a dos exabogados defensores del dictador en su gabinete, se prepara para asumir la presidencia el 11 de marzo de 2026.
La Valentía de Incomodar
Este no es un homenaje nostálgico al pasado. Es un grito en presente. Es decirle a un país que acaba de elegir a un admirador de Pinochet que la memoria no se negocia, que las víctimas no se olvidan, que el horror no se normaliza. Y hacerlo desde el escenario más simbólico posible: el mismo lugar del martirio de Víctor Jara.
Los críticos de Bad Bunny lo han acusado de superficialidad, de letras banales, de ser solo entretenimiento vacío. Pero este gesto desmantela ese argumento con contundencia. Un artista consciente no es aquel que solo canta sobre revoluciones, sino el que entiende el peso simbólico de sus decisiones y tiene el valor de posicionarse cuando la historia está a punto de repetirse.
No, esto no es marketing. El marketing busca lo fácil, lo cómodo, lo que no genera controversia. Rendir homenaje a un mártir de la dictadura justo cuando un pinochetista asume el poder es arriesgado, es incómodo, es recordarle a Chile y al mundo que algunos no olvidamos, que algunos no perdonamos, que algunos seguimos del lado de los que cantaron hasta el final.
El Puente Generacional en Tiempo de Peligro
Lo más hermoso y necesario de este acto es su capacidad de despertar conciencias en el momento justo. Miles de jóvenes que quizás nunca habían escuchado de Víctor Jara, que desconocían la brutalidad de Pinochet, que no sabían que ese estadio fue un infierno, ahora lo saben. Y lo saben justo cuando más necesitan saberlo: cuando un presidente que reivindica esa dictadura está a semanas de asumir el mando.
Bad Bunny está haciendo lo que los grandes artistas siempre han hecho en tiempos oscuros: usar su arte como vehículo de resistencia. No desde la solemnidad académica, sino desde la autenticidad de quien entiende que su voz llega donde otros no pueden. Está dejando una huella en el colectivo, sembrando conciencia en quienes solo buscaban entretenimiento, armando a una generación con memoria justo cuando más la necesitan.
El Eco que no Muere
En un continente donde las dictaduras dejaron heridas abiertas que algunos quieren volver a abrir, donde figuras que reivindican dictadores vuelven al poder, este gesto es más que un recordatorio: es un acto de desobediencia poética. Es decir que mientras haya artistas que recuerden, mientras haya jóvenes que canten, mientras haya estadios que vibren con “El Derecho de Vivir en Paz”, los Pinochet de ayer y de hoy no ganarán del todo.
Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, el “rey del perreo”, acaba de hacer lo más punk que puede hacer un artista: pararse del lado correcto de la historia en el momento exacto en que más duele, más incomoda y más importa.
Esa es la verdadera trascendencia de un artista: convertir el dolor en dignidad, el olvido en memoria, la complacencia en resistencia. Y recordarle a Chile, mientras un admirador de Pinochet se prepara para gobernar, que hay voces que nunca se callarán.