¿Cuándo?
La función pública me ha brindado la oportunidad de conocer cada rincón del territorio nacional, de constatar necesidades, recibir sugerencias y, algo especialmente valioso, escuchar historias, anécdotas, sueños de nuestros jóvenes.
En uno de mis más recientes recorridos por el sur del país, en mi querida provincia de Barahona, una jovencita se me acercó, con una radiante sonrisa y argentada voz, me contó: “don Roberto (pensé que se refería a mi padre), tengo 19 años, soy una muchacha con muchas ideas e inquietudes, creo que tengo todo para ser una emprendedora, pero hay algo que me falta, y es identificar ese “cuando”, ese momento para comenzar a ejecutar mi idea y saber el momento de esperar o parar…”.
Aunque le referí un libro que le podría ayudar, sumado a dos o tres técnicas que me han servido en mi carrera profesional, confieso que su planteamiento se me alojó durante varias semanas en la cabeza y, por ello, me he dispuesto a reflexionar más ampliamente en este espacio que me conceden cada semana.

El tiempo no es solo el marco en el que ocurren las cosas. Es una fuerza que determina la calidad, el éxito y el sentido de lo que hacemos. Independientemente del rol que asumamos, del quehacer productivo que abracemos, el planteamiento de cuándo actuar es una constante que inquieta, que cuestiona y nos envuelve.
¿Cuándo es el mejor momento?
Daniel Pink, uno de los pensadores más agudos del comportamiento humano contemporáneo, lo demuestra con pulcritud científica en su libro “¿Cuándo?: la ciencia de encontrar el momento preciso”, nos demuestra que los instantes en que actuamos importa tanto o más que la forma en que actuamos. Saber cuándo no es intuición ni azar, es una disciplina que puede aprenderse.
Pink parte de una premisa que parece simple, pero resulta revolucionaria: los seres humanos vivimos sometidos a ritmos biológicos, emocionales y cognitivos que afectan profundamente nuestra capacidad de pensar, decidir, crear y relacionarnos. Ignorar esos ritmos es actuar a ciegas. Reconocerlos es ganar una ventaja que la mayoría de las personas jamás considera, porque vivimos en una cultura obsesionada con el qué y el cómo, pero que rara vez se detiene a preguntar el cuándo.
Uno de los hallazgos más poderosos del libro es la existencia de tres fases que estructuran el día de casi todo ser humano: el pico, el valle y el rebote. El pico es el momento de mayor lucidez analítica, ideal para tomar decisiones complejas, negociar con solvencia, redactar documentos importantes o enfrentar retos que exigen concentración máxima. El valle —que para la mayoría ocurre en las primeras horas de la tarde— es el período de menor rendimiento cognitivo, asociado a errores, fatiga y menor vigilancia crítica. El rebote, que llega al final de la tarde, favorece la creatividad, la asociación libre de ideas y el pensamiento con mayor densidad.
La consecuencia práctica de este hallazgo es inmediata, programar las decisiones más importantes durante el pico y reservar las tareas rutinarias o administrativas para el valle no es un lujo de productividad personal, es una estrategia de inteligencia ejecutiva. Pink cita estudios médicos alarmantes que demuestran, por ejemplo, que los errores quirúrgicos aumentan significativamente en las horas del valle. Si el cuándo afecta incluso la mesa de operaciones, su impacto en la política, los negocios y el liderazgo es incalculable.
Uno de los capítulos más reveladores del libro, me transporta a la inquietud de la jovencita de Barahona, es el que aborda los comienzos, esos momentos en que iniciamos algo: un año, un proyecto, una relación, una etapa de vida; y que tienen una influencia desproporcionada sobre lo que viene después. Los comienzos nos cargan de energía psicológica, de motivación renovada, lo que Pink denomina el “efecto del lunes”; es la sensación de que podemos empezar de cero. Comprender esto permite diseñar estratégicamente los inicios, tanto propios como colectivos, para aprovechar esa energía fundacional.
El libro también examina los puntos medios, los momentos que se ubican exactamente en la mitad de cualquier empresa: un proyecto colectivo, una temporada, una decisión política, o una medida empresarial, y que suelen ser eventos decisivos aunque invisibles. El autor describe este fenómeno a través del deporte: los equipos que van perdiendo a la mitad del partido tienden a revertir el resultado con mayor frecuencia que los que van empatados.
La ligera desventaja en el punto medio activa algo en la psicología humana, una urgencia dominante. Reconocer dónde estamos, en el arco de lo que hacemos, nos permite transformar el estancamiento en impulso.
¿Cuándo es preciso detenerse o alejarse?
Saber cuándo alejarse es quizás el desafío más difícil de todos. Muchos analistas lo definen como el “costo hundido”; es una sensación convertida en obstinación que nos hace persistir en proyectos, empleos o relaciones que ya no funcionan simplemente porque hemos invertido tiempo, dinero o esfuerzo en ellos. La racionalidad indica que el pasado no debe dictar el futuro, pero la psicología humana opera de otro modo: confundimos la persistencia con el valor y la retirada con el fracaso.
Aprender a identificar el momento en que continuar es más costoso que partir, es una forma de lucidez que distingue a los grandes líderes de los que simplemente resisten.
El artista que irrumpe la escena sin el debido tiempo de maduración confronta problemas asociados a la falta de rigor y al natural proceso de enraizamiento, necesario en toda actividad vital; el político que actúa cuando el tiempo no está debidamente consolidado ve sus reformas desmoronarse aunque le sobren las ideas y el apoyo. No es un problema de talento ni de voluntad: es un tema de afinación con el momento.
Las circunstancias del “cuando” no se constituyen en un accidente de la historia; es más bien un diseño y arquitectura más deliberada. Quien controla el tiempo controla el sentido. Por eso la maduración de cualquier proyecto de vocación cultural, identitario, empresarial, o político no es solo una cuestión de profundidad, sino de oportunidad.
Las raíces que no encuentran su estación y propósito mueren antes de dar frutos. Ocurre lo mismo con las sociedades, que al no aprender a leer el “cuándo” de su propia historia, quedan a merced de quienes sí lo hacen.
Espero que la jovencita barahonera, también encuentre su “cuando”.