Todos nos transformamos. A veces nos damos cuenta, otras no. Pero a lo largo del tiempo vamos pasando por diferentes etapas y cada una tiene una versión de nosotros, con algo de la anterior, pero siempre diferente. Esta reflexión me llegó cuando veía a un psicólogo hablar de por qué hay parejas que llevan muchos años juntas y son felices.
Decía que tienes que descubrir y enamorarte de cada versión de tu pareja, que no puedes quedarte con una idea en la cabeza de quién es y esperar que siempre sea así, que lo bonito es descubrirse mutuamente en ese camino.
Y me gustó mucho la idea. No sólo desde la perspectiva de relaciones de pareja, sino también en las relaciones humanas que duren en el tiempo. Tus padres, hermanos, amigos… no son los mismos; tú tampoco. Entonces, tienes que permitir y aceptar que cambian e ir descubriendo y queriendo esas nuevas versiones.
Muchas veces tenemos estancada en nuestra cabeza esa imagen ideal de alguien y no permitimos que se salga del guion.
Y si lo hace, nos desestabilizamos, cuando en realidad debemos dejar de ser egoístas en ese sentido.
En vez de que ellos sean lo que queremos, abrazar en lo que se van convirtiendo. De esa manera podremos permitir también que lo hagan con nosotros y, en este baile de aceptación, descubrimiento y sobre todo mucho amor, ves pasar el tiempo con esas personas fijas en tu vida de una manera maravillosa.
Crecéis juntos, os permitís cambiar o decidir sin juzgar, pero sobre todo compartís la vida y lo que esta trae consigo.
Creo que es una de las cosas más hermosas que puedes darle a alguien a quien quieres: la libertad de ser, de evolucionar y descubrirlo a su lado y, ante todo, aceptarlo. Si la vida te da esa oportunidad, no la desperdicies.