Corrupción sistémica

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Después de mucho tiempo sin vernos nos encontramos en el gimnasio, ese templo férreo al que asistimos después de los cuarenta para redimirnos de la gula, las fiestas pantagruélicas y los triglicéridos de toda la vida.

No sé cómo mi amigo Héctor J. Cruz, macroperiodista deportivo, y yo caímos en el tema de la corrupción, tan machacado que nos parece un estribillo gastado (las encuestas lo ratifican: no es el principal problema de los dominicanos).

Casi al despojarme de 400 calorías, Héctor me condujo a una reflexión. Qué fascinante resulta afilar cuchillos contra la corrupción gubernamental, exigir rendición de cuentas, transparencia, destapar cajas de Pandora en programas de investigación y titular a ocho columnas la riqueza de los funcionarios.

Pero qué ausente está, qué invisible y fantasmagórica es la corrupción privada: el ejecutivo que reclama su % en órdenes de compras, manipula la adquisición de divisas, sobrevalúa para después repartir el pastel, soborna para convertirse en suplidor del Estado y trampea los estados financieros.

La empresa privada enfrenta grandes asechanzas de gente que –desde su propia nómina- se yergue en enemigo número uno. Son inmensos los fraudes privados silenciados, negociados por debajo de la mesa porque es necesario resguardar la imagen corporativa. Es la lógica del sepulcro blanqueado.

¿Es el fin de la corrupción en el Gobierno la panacea para contar con una sociedad ética? A mi juicio constituye apenas el eslabón de una nauseabunda cadena de malas prácticas. Desvincular lo privado de lo público es un mito. Ese aforismo estúpido de que con “mi dinero hago lo que me venga en gana” al final impacta el interés público, pues siempre implica saltarse alguna ley, norma o procedimiento bajo la administración pública. Héctor me lo dijo claro: nuestra corrupción es sistémica.

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El Día

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