En estos días en que se desarrolla la XXVIII Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2026, he tenido la oportunidad de interactuar con muchos estudiantes.
Uno de ellos, procedente de una escuela de Santo Domingo Oeste, me abordó para preguntarme sobre mi libro favorito o, simplemente, sobre aquel texto que haya leído y que de una u otra forma me haya marcado o influenciado; confieso que pensé por unos segundos, y recordé el clásico de Alejandro Dumas, para muchos una obra maestra: El conde de Montecristo.
Publicada entre 1844 y 1846, la historia de Edmundo Dantés ha sido leída casi siempre como un relato sobre la venganza y sus implicaciones, pero quien llega a su epílogo descubre que su verdadera lección es otra. En la carta final que el conde deja a Maximiliano Morrel, el autor (Alejandro Dumas) condensa toda la travesía en una sentencia: “Mientras Dios no le revela el porvenir al hombre, toda la sabiduría humana se resume en dos palabras, confiar y esperar”. Esa es precisamente la clave que ilumina retrospectivamente todo el libro.
Punto de partida
Edmundo Dantés es un joven marino de diecinueve años a quien la vida le sonríe: está a punto de ser capitán y de casarse con Mercedes, el amor de su vida. En un día aciago, la envidia, los celos y la ambición ajena lo arrojan a una celda del castillo de If, sin juicio ni horizonte. Allí permanecerá por casi catorce años. El Dantés que entra incomprensiblemente en esa mazmorra quiere morir; el que sale ha sido transformado. Entre uno y otro media algo que nuestra época no gestiona adecuadamente: el tiempo.

Esa transformación se produce a través del personaje del abate Faria. El viejo prisionero que, llevando años de cavar un túnel hacia la libertad, por error de cálculo terminó en la celda de Dantés. El encierro se convirtió en escuela. El abate le enseñó idiomas, historia, ciencias, filosofía; y lo más importante, el valor de desarrollar la capacidad analítica.
El túnel fallido de Faria es una metáfora espléndida: el esfuerzo que no conduce a donde esperábamos puede guiarnos donde necesitábamos. Sin esos años de aprendizaje forzado, el tesoro de Montecristo habría sido apenas una fortuna en manos de un mozalbete; con ellos, se convirtió en instrumento de un hombre formado.
Aquí está la primera enseñanza, esperar no es sinónimo de inmovilidad. La espera fecunda es activa, es preparación, es siembra. Séneca lo advirtió en Sobre la brevedad de la vida: “No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho”. Dantés no desperdició su cautiverio; lo convirtió en taller y propósito. La diferencia entre la espera que destruye y la que construye no está en las circunstancias, sino en lo que hacemos con ellas.
La historia universal ofrece ejemplos que confirman la intuición de Dumas. Nelson Mandela pasó veintisiete años en prisión. Entró como líder de una causa y salió como conciencia de una nación que procuraba su redención. Aquellos años en Robben Island, lejos de quebrarlo, depuraron su carácter y estrategia, hasta el punto de que pudo presidir la transición sudafricana sin convertir la victoria en revancha. Su vida demuestra que ciertos procesos no se pueden abreviar sin que se pierda aquello que precisamente producen.
Tampoco nos falta el ejemplo en nuestra propia historia. Juan Pablo Duarte, el padre de la patria, fue expulsado del país apenas meses después de proclamada la Independencia que él había concebido y organizado. Pasó largos años de exilio, en silencio y en pobreza, lejos de la tierra por la que lo había dado todo. Y, sin embargo, cuando en 1864 la República luchaba por recuperar su soberanía en la Guerra de la Restauración, Duarte regresó a ofrecer sus servicios. Su fe en la patria no dependía del reconocimiento; había aprendido a confiar y a esperar.
Quemar etapas
En el lenguaje y la acción cotidiana uno de los más ambiciosos retos es controlar los niveles desmedidos de urgencia. Quemar etapas se vuelve indispensable en la creación de base, fuerza y experiencia; extraer de ella todo lo que puede dar antes de pasar al siguiente nivel. Quien salta las etapas llega incompleto; quien las quema en este segundo sentido llega consumado. El fuego que purifica no es el que se evita, sino el que se atraviesa.
El tiempo presente se caracteriza por su sometimiento al imperio de lo inmediato: la respuesta instantánea, el éxito exprés, la fama viral que dura lo que un parpadeo. Se nos ha enseñado a medir la vida por la velocidad y no por la profundidad. La paciencia parece hoy una virtud anticuada, casi sospechosa. Y, no obstante, nada verdaderamente valioso —una obra, una institución, una familia, una reputación, un proyecto empresarial, político, una nación— se ha construido de prisa.
Confiar y esperar son dos formas de disciplina. Confiar exige creer en el sentido del esfuerzo cuando todavía no se ven sus frutos; esperar exige sostener ese esfuerzo mientras el tiempo realiza su labor. La confianza sin espera se vuelve ansiedad; la espera sin confianza se vuelve resignación. Sólo juntas producen una serenidad activa que distingue a quienes perseveran de quienes simplemente aguardan.
Dumas nos brindó, pues, algo más que una novela de aventuras. Nos dejó una pedagogía del tiempo. Edmundo Dantés no fue grande por haber encontrado un tesoro, sino por haberse convertido, durante más de una década de oscuridad, en alguien capaz de merecerlo. Esa es la lección que atraviesa los siglos: los procesos no son obstáculos entre nosotros y nuestros propósitos; son el camino mismo por el cual llegamos a ser dignos de ellos.
Cuando la impaciencia apriete, y el horizonte parezca cerrado como los muros del castillo de If, valdrá la pena remontarse a la carta del conde y recordar que la sabiduría humana queda sucintamente resumida en dos palabras: confiar y esperar.