Comunidad nueva de fe

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Ayer, hoy ,después de haber recorrido un largo camino entre la utopía y el conflicto, la profecía y mil dificultades, entre consolaciones y desolaciones.

Necesitamos una experiencia liberadora de fe donde se vislumbre “un tiempo en todo lo hago nuevo”.

Donde se diseñe el rostro de otra manera de ser Iglesia, enamorada, esposa, madre, samaritana, que camina del brazo de Dios en el tiempo y en la historia y se mueve con agilidad en la cultura actual.

‘Ser amigos fuertes de Dios’ no está reñido con una religiosidad intensa, mística, humilde, abierta, inculturada, encarnada, comprometida.

La fe no suprime nada; añade, multiplica, enriquece, es un plus, una luz, una visión nueva. Dios no prescinde, ni sustituye a nadie y menos a la mujer o al hombre.

Dios siempre añade, multiplica, fortalece, pone gracia, se hace don, nos hace agraciados, mujeres y hombres nuevos. Es lo que nos pide el Concilio Ecuménico Vaticano II.

Y así constituye una buena noticia, que construye y levanta esperanzas precisamente en este mundo desgastado y paralizado por la cultura del miedo, de la insolidaridad, en un norte amenazado, en crisis, insatisfecho, carente del sentido de vida, que se desangra entre pobreza, drogas, corrupción, injusticias y contrabando.

Un mundo que no termina de encontrar el rumbo, ni vivir a gusto en la casa común, en “la aldea global”, integrado, intercultural, interreligioso, con una visión nueva y plural del mundo, en el marco institucional democrático de la liberación y derechos humanos fundamentales.

Desde la Comunidad se interroga, como nos interrogamos muchos:

¿Cómo ser cristiano en esta sociedad marcada por la pluralidad social, política, moral, cultural, religiosa? ¿Cómo ser creyente en nuestra Iglesia?, al decir de gente conspicua, anquilosada en el pasado, carente de un discurso atractivo para la sociedad de hoy.

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El Día

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