Civilización, cultura y simulacro

Wilfredo Mora NUEVA
Wilfredo Mora

El cambio social y político de nuestro tiempo –en especial los medios de comunicación, las redes sociales y, por qué no, “la frivolidad de la política”, atestiguan de un mundo que va hacia el abismo–, está orillándonos al borde de la descivilzación, la muerte de la cultura y el ascenso de la pseudo-cultura del espectáculo, del simulacro y del divertimento erótico de la humanidad.

Reconocemos que estas realidades se combinan y producen un efecto muy contraproducente, pero la civilización representa el desarrollo de las instituciones, ciudades, tecnología, leyes de la naturaleza y el arsenal de conocimientos logrado hasta hoy. La cultura comprende las costumbres, valores, creencias, conocimientos, tradiciones y formas de expresión de una sociedad.

Es entendible que una vez aparece la cultura somos dependientes de ella; sólo mediante la representación o imágenes de algo que puede llegar a sustituir o parecer más real que la propia realidad surge el simulacro y el espectáculo. Una obra de teatro, un concierto, un partido de fútbol o un programa de televisión representa un ejemplo correcto del espectáculo. La cultura fue esa especie de conciencia, de realidad.

La literatura se estructuró durante muchos siglos, como una “distracción”, “un estilo de vida”. Hoy es una posibilidad escribir libros en unas cuantas horas, y no sólo equivale a presentar ideas para hacer posible producir un libro rápidamente (gracias a la IA), sino que no interesa crear una obra de calidad.

La cultura del espectáculo tiene de característico aniquilar el pensamiento y las ideas y las expresiones genuinas de cultura. Por eso se recurre al simulacro, para atraer la atención del público, que opera la mayoría de las veces como un modelo sin origen ni realidad. “Disimular es fingir no tener lo que se tiene. Simular es fingir tener lo que no se tiene” –ha expresado alguna vez Jean Baudrillard (1977), desde sus ensayos sobre el lenguaje y la cultura.

Pero la cuestión del espectáculo se ha convertido en una pasión universal. La tendencia de las personas es cada vez trabajar menos, y acudir a la vida del entretenimiento, que el tiempo dispuesto esté no esté dispuesto para el aburrimiento. Fue así, entonces, como Occidente se tornó un desorden. Y fue así como se degradó la cultura y el progreso se volvió banal.

Todavía quedan en el mundo instituciones en la que son posibles los escándalos artísticos, religiosos y políticos, que se niegan a contribuir a una vida de fingir un simulacro. Hay cientos de ejemplos. La cultura siempre se estableció de acuerdo a unos rangos sociales: unos la cultivaban, la enriquecían con aportes diversos, la hacían progresar y quienes se desentendían de ella; todo ahora ha cambiado: están los que desprecian, la ignoraban y, sobre todo, la convierten en un grotesco espectáculo.

En la civilización del espectáculo, muchos países premian a los llamados “artistas de la música urbana”. No importa que tan bajo descienda (la música es buen ritmo y creatividad; no letras ofensivas, violentas o que promueven valores negativos).

Y finalmente, el caos del triste espectáculo ha llegado a la política. Para ser presidente de un país, además de cumplir los requisitos legales, los aspirantes deberían tener ciertas condiciones personales y humanas: honestidad, responsabilidad, liderazgo, respeto, empatía y tolerancia. Las personas se preparan y se comprometen con su país.

No pueden lograr la presidencia y ganar con las reglas del simulacro, del espectáculo. Y si se lograse es porque, desgraciadamente, la cultura no depende de la política; en cambio, se la puede tragar.

Sobre el autor

Wilfredo Mora