Cinco cuentos portátiles

Cain desterrado

Diario de un predestinado

Caín, desterrado por Dios, llegó hasta los confines del mundo desconocido. Y ya cansado de alimentarse con frutas y peces crudos y recorrer lugares inhóspitos, a través de caminos polvorientos —sin saber que la vieja culpa lo había convertido en el primer turista del momento— se sentó debajo de una palmera y con ayuda de sus ojos y la ebullición de los recuerdos, empezó a escribir el primer Diario de Viajes de la humanidad.

Almuerzo con lágrimas

Recuerdo un único almuerzo de mi niñez; y, como marca de ganado, ese recuerdo, a través del tiempo, se mantiene grabado en mi memoria.

El plato que preparó mi madre mereció que, durante el almuerzo, la casa se cerrara a cal y canto.

Una medida inequívoca de precaución, por parte de mi madre, para evitar visitas inoportunas o la mirada indiscreta de algún vecino.

En el plato mío y los de mis cuatro hermanos solo había un pegote humeante de harina de maíz con sal; y en el centro de la mesa, un jarrón de cristal, con agua a temperatura ambiente.

Masticaba despacio y con un inmenso dolor cada bocado; y mientras lo hacía las lágrimas brotaban incontenibles de mis ojos y caían silenciosamente en el plato, agregándole más sal a ese almuerzo, que, con el alma estrujada, aquel mediodía puso mi madre sobre la mesa.

—¡Vamos, come, Emilio! —dijo mi madre—. Mañana es otro día, y todo será distinto.

En medio de mi devastación escucho su ruego. Por un instante levanto la mirada y veo cuatro rostros tristes y solo cinco platos servidos: los de mis cuatro hermanos y el mío.

El lugar en la mesa, donde habitualmente mi madre coloca su plato, cuando almuerza junto con nosotros, estaba vacío.

Paciencia

El mono giraba como un péndulo los ojitos desde el organillo muerto hacia las manos inmóviles del ilusionista.

El sol era abrasador.

Lejos quedaba el río y la sed era una tortura.

Maldita la hora —pensó el mono— que a este se le ocurrió montar el espectáculo en medio del desierto.

Hora imprecisa

El reloj de pared, enorme como el ojo de un dinosaurio, era lo único que servía en la casa.

Se detuvo justamente a las 11:01. Era una hora imprecisa, cuando se sabe que el dato apunta a dos horas exactas del día.

Entre una y otra hora hay un sueño eterno.

Así que “servía” era la palabra correcta para definir la nueva condición del reloj, inútil, atrapado en su propio tiempo fallido, a la deriva.

Pasaje de ida

El segundo día de la luna de miel se dio cuenta que pagaría muy caro ese matrimonio con un poeta.

Besaba bien, la miraba con amor.

Ella, como un loto abierto, ingrávida, aullaba en la cama; y cada uno se entregaba a voluntad de las palabras “ven”, “voltéate”, “baja”. Arrullos iban y venían. No se perdonaban, entre besos y olvidadas soledades, los lugares imperdonables de sus cuerpos.

Todo era maravilloso, salvo que el poeta, sin que la esposa se percatara, compró un billete para viajar él solo a su mundo de la imaginación.

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Sobre el autor

Rafael García Romero

Rafael García Romero. Novelista, ensayista, periodista. Tiene 18 libros publicados y es un escritor cuya trayectoria está marcada por una audaz singularidad narrativa, reconocido como uno de los pilares esenciales de la literatura dominicana contemporánea. Premio Nacional de Cuento Julio Vega Batlle, 2016.