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Carlos Benavides Cerezo sj

L o conocí luego del huracán David, las clases comenzaron tarde ese semestre en el Seminario Santo Tomás de Aquino.

Fue mi profesor de los cuatro cursos de Historia de la Filosofía, que en la Licenciatura en Filosofía representa la columna vertebral de dicha carrera.

Si su postura anti-marxista chocaba con mis ideas, su erudición y honestidad intelectual seducía mi inteligencia y captaba mi atención profunda en todas las clases. Con él leí de cabo a rabo los dos volúmenes de la Historia de la Filosofía de Hirschberguer, toda una joya para quien quiere iniciarse en el estudio serio de la filosofía occidental.

De maneras suaves, voz firme, aunque demandaba un micrófono por los muchos estudiantes que atendíamos sus clases, muchas veces conversamos camino de su casa o en los descansos.

Prácticamente todos los obispos actuales fueron sus alumnos y centenares de sacerdotes y ex-seminaristas aprendimos tanto con Benavides.

Carlos fue ejemplo de un buen intelectual y profesor, un jesuita a carta cabal, como los necesitamos tanto hoy, a la manera de José Luis Alemán, Benito Blanco o Santiago de la Fuente. Todos ya idos a la casa del Padre.

La reciente muerte de Benavides me reafirma en la necesidad de cultivar el intelecto al servicio de mi patria y la humanidad, dedicando horas y horas a la lectura detenida, la reflexión crítica y la escritura madura.

Evitando el juicio irreflexivo, la seducción de la publicidad o el cáncer de doblegarnos al poder. Hombres buenos e inteligentes como él son los que dan los mejores frutos.

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