La motocicleta se ha convertido en uno de los medios de transporte más utilizados en el país. Es económica, ágil y, para miles de ciudadanos, una herramienta indispensable de trabajo.
Sin embargo, su masificación sin control ha terminado por transformar una solución de movilidad en uno de los principales factores del desorden y el peligro vial que padecen nuestras ciudades.
En las calles, avenidas y carreteras, una parte significativa de los motoristas actúa al margen de la ley.
Circulan en vía contraria, se suben a las aceras, ignoran semáforos, rebasan por donde no cabe un vehículo y se desplazan sin casco ni documentación.
No se trata de casos aislados, sino de una conducta reiterada que ha normalizado el irrespeto y ha puesto en riesgo permanente la vida propia y la de los demás.
El impacto de este comportamiento va más allá del tránsito. Peatones intimidados, conductores obligados a maniobras peligrosas, accidentes que congestionan aún más las vías y un sistema de salud que termina absorbiendo las consecuencias de imprudencias evitable.
Más grave todavía es la actitud de las autoridades, que al parecer han renunciado al orden.
Se debe exigir respeto a las normas, y sanciones efectivas para quien incumpla. Un Estado que no regula termina avalando el caos.