¿Cambios para no cambiar?

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Como cada 27 de febrero el Presidente hablará al país. Con ello cumple una responsabilidad constitucional: rendir cuentas ante el Congreso Nacional, de la administración presupuestaria, financiera y de gestión del año anterior y explicar las proyecciones macroeconómicas y fiscales, los resultados económicos, financieros y sociales esperados y las prioridades que el gobierno se propone ejecutar.

El mensaje del presidente no debería ser adornado, ni cargado de declaraciones altisonantes. Sus dotes de orador las conocemos ya. Debería presentar objetivamente lo que ha sido su desempeño y de sus funcionarios, sin aderezos subjetivos.

Poca gente duda del adecuado manejo económico de las autoridades, sobre todo monetarias y financieras, que ha permitido mantener un buen ritmo de crecimiento económico y moderado índice de inflación. Pero esto contrasta con los bajísimos niveles de desarrollo humano.

El Presidente debería explicar las contradicciones de ese crecimiento que convive con el aumento de los niveles de pobreza y plantear las metas cuantitativas y cualitativas para superar esa vergonzosa paradoja.

El discurso debería reflejar la preocupante realidad de inseguridad ciudadana frente al incremento de la delincuencia, con la participación activa e impune de funcionarios civiles, militares y policiales, la eterna crisis del sistema eléctrico, el bajo nivel de competitividad del país y la violación a la Constitución de quienes deben ser ejemplo de cumplimiento de la norma, al tiempo de dar a conocer las soluciones a estos y otros graves problemas.

La pieza oratoria del Presidente debe contener los elementos que permitan ver cuáles son los funcionarios de su gobierno que en lugar de trabajar por disminuir los niveles de miseria existentes deben ser y serán cambiados por su deficiente y muchas veces corrupto desempeño.

Algunos perciben que el Presidente está atado a sus antiguos jefes políticos. Lo dudo. Si es así y se suelta y reconoce que el modelo de gobierno que aplica no ha dado los resultados esperados por la población y por él mismo, producirá cambios trascendentes en el acomodado tren administrativo. De lo contrario se repetirá la historia de sus más de 10 años en el poder: cambios para no cambiar, que harán de su gobierno un sustantivo y no un verbo.

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El Día

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