¿Cabeza llena con el alma vacía?
En este fin de semana tuve el privilegio de compartir con mi grupo de tuiteros en un cónclave que uno de ellos ingenió a los fines de poder compaginar las caras con las respectivas cuentas.
El que piensa que se trata de un ejercicio meramente social, se equivoca; está el elemento de divertirse, claro que sí, pero también es un trasfondo para estrechar afinidades en todos los órdenes, visiones comunes sobre temas como el matrimonio, sexo, drogas, el ejercicio político y hasta un buen sancocho. ¡Hablamos de todo, como debe ser!
Con una media que debe rondar menos de 30 años (esa es la parte dura para mí), en sociedades cada vez más complejas, reafirmar que mucha gente coincide en lo bueno es una prueba de que nos queda mucho material con el que podemos proseguir el camino hacia un país del que nos sintamos orgullosos.
Conocer nuevas caras, sostener una conversación respetuosa aún con visiones diametralmente opuestas, enriquece nuestro conocimiento; pero además, cultiva nuestra capacidad de convivencia en esta media isla que ya ha visto demasiada desavenencia inútil.
Abstenerse de escuchar lo que usted no quiere, en nada ayuda a reconocer que se podría estar equivocado. Todos somos seres imperfectos, y por consiguiente, todos estamos sujetos a rectificar, por supuesto, si se está en la disposición de hacerlo y nos queda algo que escasea a veces: HUMILDAD.
En encuentros como el de este fin de semana sólo se gana. Se gana conocimiento, se gana afecto, se gana respeto, se gana comprensión, se gana un abrazo sincero que sella el compromiso de hacer cada quien, desde su posición, lo que entienda que es mejor para la sociedad que pensamos delegar a nuestros jóvenes y a las futuras generaciones.
Así pues, he aquí la clave: comparte, plantea, discute, abraza y olvida.
¿De qué sirve una cabeza llena con el alma vacía?
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