Burlas en el caso Figueroa Agosto

El narcotraficante prófugo José David Figueroa Agosto se ha burlado hasta la saciedad de la sociedad dominicana y sus instituciones, pero no ha sido el que más.

De sus “espectaculares escapes” dos han sido saliendo por sus propios pies de los centros de reclusión en los que ha estado. Diríamos que hasta ha salido escoltado y protegido por quienes debieran mantenerlo en prisión, cumpliendo condenas por sus graves delitos.

Salió caminando el 5 de noviembre de 1999 de un centro penitenciario de Puerto Rico, amparado en una orden de libertad falsa que fue entregada a las autoridades carcelarias de la vecina isla por un mensajero de una empresa privada. Y en noviembre de 2001 salió libre de la Dirección Nacional de Control de Drogas, pese a que había una solicitud de extradición a nombre de Felipe Rodríguez de la Rosa, identidad falsa que usaba en ese momento.

Cuando salió de la cárcel de Puerto Rico era un hombre condenado a 209 años. No podía ser un invisible y en el penal tenían que saberlo. Por lo tanto, la orden de libertad falsa no fue más que un pretexto para justificar una acción que sin duda contó con complicidades boricuas.

Sin embargo, Figueroa Agosto abandonó el centro penitenciario boricua ese 5 de noviembre a eso de las 7:30 de la noche y nadie dijo nada.

No fue hasta casi ocho meses después que un fiscal especial se dio cuenta de que el narcotraficante y asesino estaba suelto y fue por su gestión que a finales de junio de 2000 fue declarado prófugo, pero sin que se hicieran esfuerzos efectivos para reapresarlo o enjuiciar a quienes ayudaron a que escapara. Aún hoy, si se quisiera investigar, sería posible hacerlo.

Eso también es una burla.

Sobre la burla local, se ha comprobado hasta la saciedad que Figueroa Agosto disfrutó desde que llegó al país, en diciembre de 1999, de protección de personal de la Dirección Nacional de Control de Drogas y la Policía Nacional.

Tampoco aquí se ha detenido a nadie por esa protección.

Otra burla.

El siguiente intento podría ser jugar a que el caso se diluya con el tiempo.

No nos podemos hacer cómplices.