Balas de verdad
Cuando la Policía sale a la calle para evitar alteraciones de la paz pública, trátese de desórdenes innecesarios o de protestas justificables, los hombres de uniforme se apertrechan con todos sus aditamentos de protección y sus armas reglamentarias.
Eso es normal.
Lo que no entiendo es por qué esas armas van cargadas con balas de verdad, de las que matan, en vez de usar balas de goma, que golpean y aturden momentáneamente sin llegar al indeseable extremo de arrancarle la vida a la pobre víctima que encuentren a su paso.
En otros países se utilizan, para disolver las multitudes cuando las protestas comienzan a ponerse incontrolables, mangueras con agua coloreada, y, en casos extremos, gases lacrimógenos.
Pero aquí no. Esos problemas parece que no sabemos resolverlos si no es a balazos limpios. Por eso casi siempre muere alguien, sin necesidad.
El derecho a la protesta es un atributo irrenunciable de los ciudadanos, al igual que el derecho y el deber de los cuerpos policiales de evitar desórdenes y daños a la propiedad. Unos y otros deben conocer sus límites y cumplir cada uno su función sin incurrir en excesos. Mientras aprendemos la lección, evitemos las balas de verdad.