Los más íntimos amigos que he conservado en este recorrido vital saben que guardo especial fascinación por algunos artistas. Varios de ellos se han caracterizado por tener rasgos muy distintivos que les han consagrado como figuras excepcionales; la lista no es muy copiosa pero en ella se encuentra el armenio más famoso del mundo: Charles Aznavour.
El 1 de octubre de 2018, en su casa de Mouriès, en la Provenza, sureste de Francia, su voz se apagó a los 94 años de edad. Semanas anteriores había cantado en Japón, fiel a una férrea disciplina que lo mantuvo sobre los escenarios cuando la mayoría de sus contemporáneos habían optado por el retiro. Han pasado ocho otoños desde entonces, y la ausencia física ha confirmado que hay artistas que se despiden, y otros que permanecen en los sentidos del público que les prefirió. Aznavour pertenece, sin discusión, a la segunda estirpe.
Nació en París el 22 de mayo de 1924, hijo de inmigrantes armenios que habían escapado de la tragedia que se cernía sobre su pueblo: el genocidio armenio. Fue el exterminio sistemático de la población armenia del Imperio otomano entre 1915 y 1923, ejecutado por el gobierno de los Jóvenes Turcos (Comité de Unión y Progreso) durante la Primera Guerra Mundial. Se estima que murieron entre 1 y 1,5 millones de armenios.

En medio de ese drama humano, creció en el Barrio Latino, en estrechez económica y en un hogar donde la música y el teatro eran el pan cotidiano. Dejó la escuela muy joven y pisó las tablas siendo apenas un niño. Aquella infancia de exilio y de esfuerzo marcaría para siempre su mirada: la del hombre que conoce desde dentro la fragilidad de los sueños y el precio de sostenerlos.
Los comienzos fueron ásperos. La crítica se ensañó con él, desmeritaron su voz velada, su menuda estatura y su rostro alejado del canon de las figuras de la época. Durante años formó dúo con el pianista Pierre Roche, recorriendo cabarets sin mayor fortuna, hasta que un hecho fortuito hizo que la fascinante e inigualable Édith Piaf reparara en su talento. La gran dama de la canción francesa lo llevó de gira por Francia y Estados Unidos. Aznavour, a su lado, aprendió el más exigente oficio para cualquier artista: dominar el escenario.
La consagración llegó tarde y con un hecho tan inverosímil como irónico. En 1960, en el teatro Alhambra de París, estrenó Je m’voyais déjà, la confesión de un artista mediocre que soñó ser una estrella y nunca logró serlo. El público, que hasta entonces le había sido esquivo, fue estremecido. Una canción sobre el fracaso lo convirtió, de la noche a la mañana, en el triunfador que la crítica había desestimado.
Como compositor su obra es monumental: más de mil canciones que conforman una verdadera anatomía de los sentimientos humanos. El paso implacable del tiempo en Hier encore; la nostalgia de la juventud pobre y luminosa de Montmartre en La Bohème; el duelo familiar en La Mamma; el amor que se desvanece en Que c’est triste Venise, entre otras tantas. Aznavour concebía cada canción como un pequeño filme o un relato breve, con personajes, atmósfera y desenlace. Por eso sus canciones fueron marcadas por la cotidianidad, haciéndose presente en el discurrir de nuestros días.
Su alcance fue universal. Cantó en francés, inglés, español, italiano, alemán, ruso y armenio. Junto al letrista británico Herbert Kretzmer creó She, que en 1974 alcanzó el primer lugar en el Reino Unido, y Yesterday When I Was Young, la versión inglesa de Hier encore, que grabarían figuras de primer orden. Para el mundo hispano dejó versiones imborrables como Isabel, Quien, Buen Aniversario, Yo te daré Calor, C’est fini, entre muchas otras que sonaron en la radio latinoamericana y caribeña, cubriendo de gloria toda una época.
También el cine
Participó en más de sesenta películas y trabajó con algunos de los directores más exigentes de su tiempo. Jean Cocteau lo convocó para El testamento de Orfeo; François Truffaut le confió el papel protagónico de Disparen sobre el pianista (1960), una de las joyas de la Nueva Ola francesa; brilló en Un taxi para Tobruk y fue el melancólico Sigismund Markus en El tambor de hojalata (1979), de Volker Schlöndorff, ganadora de la Palma de Oro y del Óscar.
Ya en la madurez, Atom Egoyan lo sumó a Ararat (2002), y las nuevas generaciones lo conocieron como la voz del entrañable anciano de la película de Disney Pixar, Up, en su versión francesa doblada. Como actor y cantante, Aznavour aportó desde la autenticidad, contención y desde la humanidad plena; sin artificios.
Aznavour nunca se desvinculó de sus raíces. Fue un defensor incansable del reconocimiento del genocidio armenio, recibió el título de Héroe Nacional de Armenia y, siendo un octogenario, aceptó representar a ese país como embajador en Suiza. Los reconocimientos acompañaron una trayectoria con más de 180 millones de discos vendidos.
En 1998, una encuesta de la revista Time y la cadena CNN lo eligió el artista del siglo, por delante de nombres como Elvis Presley y Bob Dylan. En 2017 recibió su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Y tras su partida, Francia le rindió homenaje nacional en el patio de Los Inválidos; un honor reservado a quienes han encarnado el alma misma de la nación.
Ocho años después, su legado interpela con significativa fuerza a quienes trabajamos por la cultura. Aznavour nos enseña que la excelencia se construye con perseverancia, que la crítica más dura puede ser el preámbulo del triunfo y que el artista auténtico no renuncia a sus raíces para conquistar el mundo; lo conquista desde ellas. Su obra es la muestra diáfana de que cuando el oficio se trabaja con honestidad y pasión, puede universalizarse.
Aznavour regresa, con la particularidad de su voz que un día fue despreciada y que terminó siendo una de las más reconocibles del siglo XX. Aquel armenio soñador, ocho años después, continúa iluminando el escenario de la memoria colectiva.
Para mi hermano mayor, Roberto Cavada, con especial dedicatoria.
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