¡Auxilio!
Allá, enclavado en la sierra de Bahoruco, en el suroeste del país, con sus 14 mil habitantes y 125 años a cuesta, está el municipio de Enriquillo, el 19 más viejo de la América Latina; sufriendo las consecuencias de un modelo de injusticia y exclusión que acentúa cada vez la desigualdad e inequidad social.
Como en un Macondo cualquiera, la ausencia de guantes en el hospital de Enriquillo, obliga a médicos y enfermeras a realizar con toallas partos de mujeres. Si, de mujeres, no de chivas ni vacas; la falta de energía eléctrica y combustible para la planta, condena a los pacientes a someterse a cirugía con luz de celulares y lámpara de gas.
Son tan frecuentes las carencias en ese centro de salud, que la existencia de oxígeno, , se ha convertido una verdadera novedad. No hay ambulancia, no dispone de una silla de ruedas, los parroquianos que ingresan al hospital, la mayoría de las veces tienen que agenciarse la compra de bajantes para la colocación del suero.
Las subvenciones que recibe el subcentro de salud, tanto de SESPAS como del SENASA, tardan siete, ocho y hasta diez meses para llegar. Cuando reciben uno o dos meses, entre otras cosas, compran alimentos para proveerles a los pacientes. Transcurrido un mes todo se agota, entonces ya no pueden ofrecerles comida a los internos. Por más increíble que parezca.
Los constantes retrasos, en el caso del SENASA, tienen consecuencias terribles también para los trabajadores que laboran por contrato. Al portero, la conserje y los profesionales de salud les adeudan, siete, ocho y nueve meses de salarios, respectivamente.
Es difícil encontrar justificación, a carencias, que por su singularidad, califican como tragedia social. Indignación no es suficiente para expresar todo lo que cualquier ser humano, con un mínimo de sensibilidad social, puede sentir cuando contempla tal panorama y piensa en la forma burda en que se dilapidan los recursos públicos; mientras, niños, niñas, jóvenes y adultos tienen que sobrevivir, en un cuadro de tanta privación de derechos fundamentales.
La modernidad y el progreso que pregona el Presidente de la Republica, evidentemente, no han tocado las puertas de Enriquillo. Desde esta PIZARRA, levantamos nuestra voz y clamamos, para que paguen los salarios a los trabajadores y trabajadoras y se garantice el derecho a la salud, a los moradores de ese pueblo laborioso y centenario.
