Arena en el río Haina
El Haina, como los ríos Isabela y Ozama, tienen en común la cercanía y la interacción, en una parte de su cauce, con el área urbana de mayor densidad del país.
Este hecho ha sido un determinante inevitable de la condición de cloaca y botadero en que han sido convertidos, además de fuentes de riesgo para cientos de miles de personas que en tramos importantes se han instalado en sus orillas.
La particularidad del Haina, un río de curso o régimen aluvional al llegar al Gran Santo Domingo, lo perjudica doblemente, porque igual que los otros dos mencionados recibe la contaminación de los barrios establecidos en su cuenca o cerca de ella, pero también por la extracción de agregados para la denominada “industria de la construcción”.
A esta particularidad espera ponerle remedio, por enésima vez, la autoridad medioambiental a través de uno de los departamentos que la integran.
Según el Servicio Nacional de Protección Ambiental, fue iniciada la semana pasada la intervención escalonada de este afluente con la paralización de labores de extracción de agregados y cualquier otra acción que pueda afectarlo.
Obras como el sistema Haina—Manoguayabo para llevar agua a una parte importante del Gran Santo Domingo y la toma reciente para llevar agua a Villa Altagracia justifican los esfuerzos realizados en cualquier tiempo para la conservación del Haina.
La experiencia con otros ríos deja ver, sin embargo, que ni siquiera con el establecimiento de una vigilancia permanente se consigue el debido control.
En casos como estos se conjugan necesidad, falta con conciencia, ausencia de temor ante las consecuencias y la oportunidad.
Están allí los agregados, muy cerca y en abundancia tras cada crecida del río, que los arrastra desde la parte más empinada de su curso.
Ojalá y sea efectiva la operación del SEMPA en el río Haina, que necesitará rigor, vigilancia y compromiso. Un fuerte compromiso.
