Así como compro la idea de Hipólito Mejía de integrar en un eventual gobierno suyo a gente talentosa, focalizada en el interés del país, sin importar credo político, raza, sexo y religión, me adhiero a la revolución que Danilo Medina proyecta para el campo.
La promesa de Mejía apunta a un fortalecimiento institucional anhelado por los dominicanos que desean vivir en un país organizado, pero cuenta con el resabio de quienes conciben la función pública como un espacio de favoritismo, nepotismo, tráfico de influencia y enriquecimiento rápido. Personajes con ese credo nefasto acompañan al candidato del PRD.
La oferta de Medina apunta a ser un antídoto contra la pobreza, un impulso al desarrollo rural, un despertar de la agroempresa y una garantía para la seguridad alimentaria, renglón en el que andamos muy mal. Es también una crítica sutil al gobierno de su partido.
En el fondo, algunos de los que se han acomodado bajo el regazo político del candidato del PLD abominan de esa promesa, porque implica hacer añicos el esquema corrupto de los permisos de importación, tan lucrativos ayer y hoy.
Desde la Presidencia voy a apoyar al sector agropecuario y voy a apoyar al turismo, que no tendrá que adquirir en el extranjero ninguno de los alimentos que se puedan producir aquí. Llevar esto a la práctica no es poca cosa. Implica cortar cabezas, cambiar cultura, decepcionar y enemistarse con ciertas aves carroñeras que tienen capacidad de ejercer presión.
Este planteamiento, señor Medina, no gusta a mucha gente. Su anuncio público, señor Mejía, hace fruncir el ceño a quienes llevan casi 8 años a la espera del botín. Es difícil para ustedes, sobre todo ahora que estamos aprendiendo a ejercer ciudadanía. Tomen en serio las nuevas protestas sociales.