Anorexia nerviosa es más común en las adolescentes

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Santo Domingo.-Karina es una niña de 13 años que empezó a preocuparse por su cuerpo y decidió ponerse a dieta.

Su interés se desarrolló a raíz de una clase de danza que empezó a tomar y observó que sus amigas estaban todas delgadas. Luego de llevar una dieta por unos meses, llegó a un peso adecuado, sin embargo se seguía viendo “gorda”.

La cantidad de comida que ingería al día era cada vez menor y puso en riesgo su salud.

La psicóloga Lucía Perelló, directora del Instituto de Desarrollo Educativo y Psicológico (IDEP), explicó que este es solo uno de los tantos casos del trastorno de la alimentación que se conoce como anorexia nerviosa, el cual se caracteriza por un rechazo persistente por los alimentos para no ganar peso.

En estos casos la persona sufre una alteración de la imagen corporal y muchas veces pueden pasar de la anorexia a la bulimia.

La psicóloga Perelló explica: “La bulimia se produce cuando una persona ingiere grandes cantidades de alimentos de manera descontrolada y luego se induce el vómito o utiliza laxantes debido a una gran necesidad de adelgazar y deshacerse de las calorías adquiridas”.

Otro trastorno muy común es el de atracón, indica Perelló. Este se caracteriza por una ingesta de alimentos de manera compulsiva y sin control, puede ser causado por cualquier distorsión o cambio emocional que experimente la persona, como depresión, ansiedad, estrés.

Estas personas, en muchas ocasiones padecen de obesidad.

Existen factores sociales, psicológicos y familiares que influyen en que los niños y jóvenes padezcan estos desórdenes.

Perelló explica: “En muchos casos, en la familia hay una o varias personas con algún trastorno de la alimentación o con preocupación excesiva por la apariencia física.

La presión que reciben los niños y adolescentes por parte de sus compañeros juega un papel muy importante.

En esta etapa suelen dejarse llevar mucho por los pensamientos y actitudes de los demás.

Perelló aconseja que “lo primero que los padres deben hacer es comunicarles a sus hijos su preocupación por su estado físico y emocional.

En ocasiones el niño o adolescente puede negarse a aceptar que tiene un problema, pero no se debe forzar a nada a menos que los padres consideren que su salud está en riesgo”.

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