Andando
El mundo visto desde
el cáncer y el sida
La búsqueda del bien común debe ser la norma imperante en cualquier relación social. Todas las posiciones son discutibles y deben serlo, siempre que no dañen a inocentes. Por eso, la imposición de concepciones ideológicas (incluidas las religiosas) son perversiones sociales. Mi apoyo al famoso artículo 30 (hoy artículo 37) se debió a la convicción de que el de la vida es un derecho absoluto, no relativo, sin condicionamientos.
En eso nada tiene que ver la visión del cristianismo sobre el tema.
No creo justo que el derecho a decidir de los adultos se sobreponga al del niño a vivir.
De igual manera se debe respetar a los que propugnan por el sexo libre, incluyendo la opción homosexual, cuando se ejerce bajo un esquema de respeto y sin dañar a otros.
Por eso no voy a criticar que organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas, grandes donantes (entre ellos la Fundación Clinton) y casi todos los gobiernos del mundo prefieran privilegiar sus recursos a atender los enfermos de sida (afección contraída en la mayoría de los casos por actividades homosexuales, promiscuidad heterosexual y narcodependencia) y darle de lado en cuanto a solidaridad económica a los enfermos de cáncer (tragedia que simplemente llega no importa la conducta del individuo).
Los primeros reciben diagnóstico gratis, tratamiento gratis, medicamentos gratis y hasta campañas educativas para que las familias aprendan a ayudarlos.
Los segundos simplemente tienen que hacerse cargo de todo. En la mayoría de los casos las familias quiebran y las instituciones que trabajan por ellos padecen las más dolorosas precariedades económicas.
Pero como es opción de solidaridad tiene una alta carga de subjetividades, no haré críticas. Sólo pediré al Estado dominicano que les de un tratamiento similar a todas las enfermedades catastróficas, que no discrimine, que se convierta en un caminante por la vida con un lazo rojo en el pecho. Los enfermos de cáncer merecen esa solidaridad.