Artículo de opinión | Alianza Cristiana Dominicana
Hablar del derecho a la vida en la República Dominicana es tocar una fibra profunda de nuestra identidad moral, religiosa y política. Somos una sociedad mayoritariamente cristiana, y sería ingenuo pensar que nuestras decisiones públicas se construyen al margen de esa herencia. La moral judeocristiana ha permeado durante siglos el imaginario occidental: familia, dignidad, justicia, ley y bien común.
Por eso, cuando discutimos sobre aborto, salud de las mujeres, dignidad de niñas y adolescentes o límites del derecho penal, no debatimos solo normas jurídicas. También discutimos formas de leer la fe, comprender a Dios e interpretar qué significa defender la vida.
En una sociedad confesionalmente cristiana, es lógico que la fe influya en la política. Toda sociedad legisla desde valores. El problema no es que la fe tenga voz pública, sino que una sola expresión de la fe, generalmente conservadora y fundamentalista, pretenda ocupar todo el espacio moral de la nación y presentarse como la única lectura cristiana.
Como Alianza Cristiana Dominicana, creemos que la fe cristiana tiene mucho que aportar al debate público. Pero ese aporte no debe reducirse a consignas, miedos o fórmulas rígidas. La Biblia es más rica y compasiva que cualquier lectura simplista. No nos llama a evadir los dilemas difíciles, sino a discernirlos desde la justicia, la misericordia y la verdad.
El artículo 37 de la Constitución afirma que “el derecho a la vida es inviolable desde la concepción hasta la muerte”. Esa frase merece ser tomada en serio. Pero precisamente por su importancia debe interpretarse con cuidado. ¿Qué entendemos por “derecho a la vida”? ¿Solo el derecho a nacer? ¿O también el derecho a vivir con dignidad, salud, protección y libertad frente a la violencia?
Si la vida se entiende solo como nacimiento, corremos el riesgo de concentrar toda la protección en el vientre y debilitarla después del parto. Sin mezquindad, podemos reconocer que la Constitución también busca proteger contra muertes injustas. Pero el problema aparece cuando esa formulación no deja espacio suficiente para situaciones límite en que la vida, salud, dignidad e integridad de una mujer, una adolescente o una niña entran en tensión dolorosa con el embarazo.
Desde una perspectiva bíblica, la vida no es solo un dato biológico. Es don de Dios, pero también relación, cuidado, justicia, comunidad y dignidad. El Dios de la Biblia crea la vida, la sostiene, escucha su clamor y la restaura cuando ha sido quebrantada.
Jesús nos ofrece una clave fundamental. En los evangelios, su manera de interpretar la ley nunca fue indiferente al sufrimiento humano. Cuando una interpretación religiosa se convertía en carga insoportable, recordaba que el sábado fue hecho para el ser humano. Ante cuerpos enfermos, mujeres señaladas o vidas excluidas, no respondía primero con castigo, sino con cercanía y dignificación.
Esto no significa relativizar la vida, sino tomarla más en serio. Una ética cristiana no puede limitarse a preguntar cuándo comienza la vida. También debe preguntar en qué condiciones esa vida es protegida, quién carga el sufrimiento y qué responsabilidades asume la sociedad ante el dolor, la violencia o el riesgo.
Por eso, hablar de causales no es negar el valor de la vida. Es reconocer tragedias ante las cuales el Estado no debe responder con cárcel, amenaza o abandono. Cuando la vida o la salud de una mujer está en peligro, cuando un embarazo resulta de violación o incesto, o cuando existe una condición fetal incompatible con la vida, no estamos ante decisiones ligeras. Estamos ante dramas que exigen acompañamiento, información médica adecuada, protección legal y responsabilidad ética.
Una sociedad verdaderamente comprometida con la vida no puede obligar a una niña a llevar a término el fruto de una violación como si esa imposición fuera una victoria moral. No puede exigir a una mujer que arriesgue su salud mientras se le predica resignación. No puede convertir el dolor ante una inviabilidad fetal en sospecha penal.
La pregunta cristiana no debería ser solo: “¿Qué prohíbe la ley?”. También debería ser: “¿Dónde está el prójimo herido y qué nos exige el amor?”. En la parábola del buen samaritano, Jesús coloca la santidad del lado de quien se detiene, toca la herida y cuida la vida concreta que tiene delante.
Defender la vida desde la concepción hasta la muerte debe significar mucho más que defender el nacimiento. Debe significar defenderla contra la violencia sexual, la pobreza, la mortalidad materna, el abandono estatal, la falta de atención médica, la desigualdad y toda forma de muerte evitable.
En tiempos como estos, otra voz cristiana es posible: una voz que no renuncia a la Biblia, pero tampoco la usa como piedra; una voz que no niega la vida, sino que la defiende integralmente. Porque la vida es sagrada, también lo son la dignidad, la conciencia, la salud, la justicia y la misericordia.
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