Alguna vez, amigo Carlos Reyes

Alguna vez, amigo Carlos Reyes

Alguna vez, amigo Carlos Reyes

Roberto Marcallé Abreu

MANAGUA, Nicaragua. No recuerdo con exactitud si hablo de meses o de años. Porque, en verdad, las turbulencias en todos los órdenes, las amarguras y desasosiegos que nos ha correspondido vivir en los últimos tiempos, han provocado en la humanidad un profundo trastorno que nos ha afectado en lo más recóndito de nuestra condición humana. Mucho hemos cambiado, y no siempre para bien.

Uno vuelve el rostro y lo cierto es que nos posee una sensación de frío y extrañeza. Amigos, parientes, lugares, recuerdos… todo ha sufrido disturbios tan radicales que a veces nos cuesta reconocernos a nosotros mismos e igual ocurre con ambientes y personas que una vez conocimos.

Pienso, en estos momentos, en el amigo Carlos Reyes. No recuerdo cuánto tiempo hace que sé muy poco de él. Reproduzco mentalmente su imagen, de forma vaga, cuando lo alentaba y estimulaba a no cesar en sus diligencias encaminadas a realizar cursos superiores de especialización literaria en España. En las nieblas del tiempo, me veo cuando lo acompañaba al Ministerio de Educación Superior (sería en el 2008) en procura de que le concedieran una beca para tales propósitos.

Su complejo periplo en la Madre Patria ha sido angustioso. En algún momento se quedó sin recursos y en una situación imposible. Un excelente y solidario amigo, Daniel Contreras, residente en España y nosotros, procuramos darle aliento, reclamarle que no se dejara abatir por las adversidades. Solo que los tiempos, al arribar la pandemia y los días prelectorales, complicaron nuestros esfuerzos y en algún momento, el amigo Carlos se quedó en un estado de virtual desamparo.

Supe por diversas vías de las crecientes dificultades que le agobiaban. Conversé con el encargado de Humanidades o de Letras de la Universidad del Estado a fin de que le restablecieran alguna clase de respaldo económico, pero las diligencias resultaron infructuosas. Toqué varias puertas a fin de lograr para Carlos alguna clase de respaldo significativo. Confieso, con tristeza, que fue poco o nada lo que pude lograr.

Incluso le hablé a un reconocido comunicador-embajador sobre la posibilidad de tramitar una designación como agregado cultural a fin de que Carlos Reyes pudiera concluir exitosamente sus estudios. Mi gestión no tuvo resultados.

En esta mañana de sol intenso y de una hermosa y diversa complejidad de nubes, colores, transparencias, he pensado en este amigo con inenarrable tristeza. Debo reiterar que a pocas personas he conocido que posean un talento y una formación tan acabados y sobresalientes. Reyes estaba destinado a ocupar una posición de relevancia en nuestras letras. Y arrojar mucha luz en este oficio que tantos amamos. Y no es que aún no pueda lograrlo. Pero lo cierto es que, en el horizonte de su existencia, las nubes grises y los días de tormenta se mantienen incólumes en lo alto.

Insisto: Pocas veces conocí una persona más disciplinada y responsable. Callado, humilde, serio, conocía las letras universales y particularmente las latinoamericanas y las nacionales como pocos. Disciplinado, coherente, organizado. Entregado por completo al estudio y la escritura con una entereza y una devoción en lo absoluto fuera de lo común. Inteligente, agudo.

Siempre le dije y reiteré que en algún momento su trabajo haría brillar con intensidad las glorias de nuestras letras, de nuestra cátedra universitaria, gracias a su originalidad, entereza y dedicación. Y no solo las nuestras, porque las dimensiones de un talento como el suyo carecen de alcances en sus proyecciones.

Puede que ahora tenga mis dudas y eso me provoca una gran tristeza. Yo sé y he vivido lo que las limitaciones, las dificultades, los obstáculos a veces insalvables, esa perversidad tan extendida de gente dañada e insensible pueden hacerle a un espíritu como el suyo.

Quiera Dios y no. En la distancia y en el silencio, aún confío y creo en personas como Carlos Reyes. La persona estudiosa, profunda, dedicada. Quienes aún abrigamos en nuestra alma la creencia de un Dios de alcances ilimitados ¿pero siempre justos? recordamos la noción sobre la Divina Providencia que aprendimos en los colegios Don Bosco, Loyola y Calasanz con los padres salesianos, jesuitas y escolapios.



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Roberto Marcallé Abreu

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