Ahora que somos nada

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Elías Brache

A veces la vida nos da lecciones duras, y lo inteligente es aprender a leer el mensaje en esas situaciones.

Todos pecamos de egoístas. Sí, todos, pues en mayor o menor medida siempre hemos pensado primero en el bienestar personal que colectivo.

En este momento no hay extraños. Más allá de diferencias políticas, étnicas, económicas, para poder mitigar el impacto de esta pandemia, cada ser humano adquiere el mismo peso, el mismo valor.

Uno que no cumpla las reglas no se perjudica él, perjudica a muchos.

En momentos donde el fantasma del racismo parecía asomar de nuevo, ahora resulta que no importa de dónde provenga, ni que idioma hable quien la desarrolle, lo que el mundo entero espera es que alguien desarrolle rápido una cura para el COVID 19.

Y así de repente, todo lo que era prioridad ahora luce insignificante.

¿Acaso la ropa que llevo puesta por ser cara, me protege más?

¿Aunque mi casa sea la más lujosa, estoy más seguro?

¿Tener el auto más veloz me permitirá alejarme más rápido de este peligro?

¿El dinero que gané deshonrosamente me garantiza la vida?

En una sociedad consumida por el exhibicionismo, que pierde su tiempo en discusiones bizantinas sobre popis o wawawa, ¿acaso no es esto una lección de lo que debe ocuparnos?, ¿una bofetada a los fines de buscar nuestras similitudes y no nuestras diferencias?

Viendo la forma en que muchos continúan desafiando la muerte y el probable desborde de los hospitales, ¿es esta calamidad lo que finalmente nos hará entender la necesidad de priorizar la educación y los servicios de salud?

Lo cierto es que ningún humano, por más encumbrado que se sienta, hoy está seguro, aún no conocemos realmente cómo funciona, cómo muta, cómo se esparce el Covid-19.

Pero con un poco de suerte conoceremos más sobre lo que sí realmente vale la pena en la vida, nuestros semejantes, los otros seres humanos.

Alguien decía una vez: “Primero la gente”, cabe recordarlo…

Ahora que somos nada.

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