Adiós al amigo Alexis

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Roberto Marcallé Abreu

Para el escritor, para el poeta, para el creador o la mujer y el hombre que asuman de forma vehemente un destino auténtico, estos son tiempos peligrosos.

La vida reposa en una ilusoria cuerda, inestable, cuya tensión carece de vigor. Ojos aviesos asoman desde las sombras y recrean en mentes retorcidas una ruptura catastrófica individual y colectiva. Hay confusión y desconcierto, mucho sufrimiento esparcido. Nos hemos vuelto débiles, cada vez más.

Con una sonrisa abrimos las puertas de nuestras almas y hemos concedido licencia franca para que anarquizaran nuestra particular existencia. Un caos sutil, pero no por eso menos pernicioso. Asoma en todas partes, a cada instante, incesantemente. Y es devastador. Nosotros, los de ayer, ya no somos los mismos.

La maldad y la inquina están dentro, gente irrelevante, pequeña, absurda, utilitaria, usualmente perversa, irracional y desbordada de ímpetus malvados incursiona libremente en nuestro interior causando daños demoledores. No somos los mismos, puede que no seamos mejores, nos cuidamos menos, ya no estamos tan alerta.

La maldad como una nube venenosa corrompe lo que una vez fue la pureza íntima de nuestros ánimos. Ya lo sabemos: Hombres y mujeres de pensamiento, de sensibilidad, tropiezan con amenazas y riesgos aterradores. Oscilamos al borde del precipicio y descomunal es la amenaza. La maldad abunda y nunca se sabe. El golpe sobreviene de las penumbras.

Hago memoria de la diversidad de facetas de este Alexis Gómez que acaba de partir sin retorno y un nudo implacable me asfixia los ánimos.

Miramos hacia atrás, el tiempo ha transcurrido, y ahora, cuando los peligros son mayores, resulta que somos más endebles y nuestras defensas están en ruinas. Escasean los soldados en nuestras filas. La enfermedad, el desconcierto, la locura nos mata. ¿Estamos solos?

Apenas nos queda un asomo del viejo espíritu y es en esa intimidad donde los sufrimientos son mayores.

Los depredadores han secuestrado sus colores al mar y al cielo, se han apropiado del frescor de las mañanas, del color de la naturaleza y de la bohemia de las noches.

Nos han robado la paz y la existencia. Nunca imaginamos este aquelarre de demonios encarnados, con sonrisas aviesas, honorables gestos de burla, maldades infinitas.

Cercados e indefensos, Alexis, quizás sea el último parte de esta guerra. Nos enrumbamos aceleradamente hacia el desastre. Este país ya no es el nuestro y nos han dejado fuera con las puertas cerradas.

Abrevamos cada mañana nuestra copa de angustia y desesperación.
El tiempo transcurre y nos ignora, cruza a nuestro lado y ya no nos mira.

Somos poca cosa o no somos nadie. Cuán dolorosa es esta mendicidad, esta ignorancia, este silencio.

Una vez fuimos niños y nuestras risas y sonrisas eran luminosas y verdaderas. Después tuvimos la esperanza de cambiarlo todo para mejor.

Pero ya no. Nos han devastado con esta infinita carga de dolor e incertidumbre, con tanta y tanta tristeza, con esta cadena interminable de fracasos y frustraciones. Este sufrimiento es tanto que su peso nos quiebra las espaldas.

Quizás nos alcance el momento y el tiempo del adiós, estrechar las manos, la despedida. Compañero Alexis, te alejas con ojos diluidos, miras hacia atrás con una sonrisa desventurada y de desencanto, lograste tanto y tan poco, los restos polvorientos de un país maldecido nada van a devolverte, aquí los grandes reconocimientos y las satisfacciones son para gente degradada y aviesa. Cada vez somos más nada, mientras los monstruos se sirven golosos del festín.

Qué repugnantes son. Quizás deba callarme. Quizás no sepa lo que digo….

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