Adecentar la República Dominicana

Adecentar la República Dominicana

Adecentar la República Dominicana

Roberto Marcallé Abreu

MANAGUA, Nicaragua. A veces, cuando uno contempla el cielo lejano y aprecia ese instante crucial en que un azul tibio y amable se confunde con el apaciguado oro de la madrugada y nubes blancas de singular pureza cruzan solemnes y en silencio por el horizonte, entonces uno siente esa necesidad indeclinable y profunda que posee el ser humano de soñar con un presente y un porvenir de paz, progreso y esperanza. Imposible no pensar en República Dominicana.

Y, particularmente, en el rostro de mujeres y hombres que a pesar de su semblante apacible y centrado llevan sobre sus hombros ?y los de muchos otros? la responsabilidad de ese anhelo tan profundamente sentido por todos nosotros.

Pensé, en primer término, en el presidente Abinader. Una de las cualidades que siempre me han parecido sobresalientes en su conducta es la serenidad, la paciencia, la templanza de espíritu con las que procede en un ambiente desbordado de pasiones e injustas desconsideraciones.

Nadie olvida, pongamos de ejemplo, las visitas que hizo en todo el país, solo o acompañado por contadas personas, a cada una de las dependencias de la Junta Central Electoral luego del “triunfo” del gobernante Partido de la Liberación Dominicana en los comicios del 2016.

Su evidente propósito era consignar los detalles del evento electoral recién transcurrido, su desarrollo, desenvolvimiento y las irregularidades denunciadas.

La tranquilidad con la que ejecutó su escrutinio, las preguntas que hacía y los apuntes que tomaba, sin perder en ningún momento ni la templanza ni la sonrisa le ganaron una meditativa admiración por parte de muchos. En ningún momento se desvió del firme propósito de conocer la verdad de los hechos.

En los años venideros procuró, junto a muchos otros dirigentes, afinar y situar a la altura de las circunstancias su propia maquinaria política. Lo aprendido en los años previos, de una división tras otra y de apetitos desaforados e irreconciliables, le fue de indudable utilidad.

Todas las horribles y perversas maniobras encaminadas a quedarse en el poder a las malas por parte del peledeísmo gobernante fueron vigorosamente enfrentadas por su organización política y una ciudadanía hastiada. El presidente trabajó con sutileza cualquier asomo de división y disidencia en su propia organización y administró con maestría el sutil respaldo estratégico de los disidentes oficiales agrupados en torno a Leonel Fernández.

Con la serenidad que le caracteriza, fue limando las asperezas y diferencias de criterio y adelantando sutiles estrategias encaminadas a enfrentar y derrotar a un adversario carente de toda clase de escrúpulos. Gracias a esa combinación de serenidad, pulcritud, inteligencia y prudencia en este mismo momento un equipo de fiscales ha logrado desmontar la maquinaria de corrupción y degradación de mayor envergadura conocida en nuestro país. Los juicios, encarcelamientos y revelaciones de cientos de ejecutorias inmorales y depravadas contra el Estado y el pueblo dominicano no tienen vuelta atrás.

El país se ha transformado en lo más profundo. Se trata de la puesta en práctica del pensamiento y el espíritu de Juan Pablo Duarte.Inspirado por las ideas del presidente Abinader, me parece admirable y sabio el proceder del doctor Roberto Álvarez, canciller de la República, en relación al grave desafío que representa para la integridad de la República Dominicana el estado de absoluta descomposición en que se encuentra Haití.

Desde el anuncio de «la nueva política» de que no somos la solución para los problemas haitianos, se ha instituido una frontera histórica y moral sin precedentes.

Las maneras en que el doctor Álvarez ha asumido este grave y arriesgado problema, ha sido de un nivel tan alto que coloca en un sitial de excepción el respeto que merece el dominicano decente y honorable y al país que nos vio nacer.Con los pasos dados hasta ahora por el presidente y su equipo, los rasgos institucionales y la integridad e imagen del país se han elevado a alturas con las que pocos habían soñado.

Hay dignidad, integridad, conocimiento de causa, y una sólida presencia nacional en este proceder. Despacio, la nación se ha ido transformando. Por primera vez y en muchas décadas, la intensidad de los rayos del sol en una mañana transparente y hermosa nos sitúan en un ámbito de esperanza y realizaciones que ilumina con gran intensidad nuestros sueños y nuestras esperanzas. A Dios las gracias.



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Roberto Marcallé Abreu

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