Actividad política y truculencia

Actividad política y truculencia

Actividad política y truculencia

Roberto Marcallé Abreu

MANAGUA, Nicaragua. Si un específico proceder le ha hecho un daño devastador a la credibilidad, el honor y el correcto proceder en la actividad política en la República Dominicana, es esa conducta que se puede calificar como deleznable y truculenta.

A diferencia de dirigentes políticos como el presidente Abinader, cuando uno observa el entorno y la manera de comportarse de personas que incursionan en dicha actividad, es fácil arribar a la conclusión de que el panorama bien puede calificarse como desolador, preocupante y hasta angustioso.

Usted o cualquier ciudadano que se precie de querer lo mejor para su país, solo debe hacer memoria de lo ocurrido desde el 1961 hasta la fecha.

Más doloroso aún resulta cuando uno analiza en profundidad lo que ha ocurrido desde la fundación de la República y uno descubre en todo lugar y momento a personajes que solo incursionan en el quehacer público para enseñarnos lo que son los intereses desaforados, el egoísmo, la carencia absoluta de principios, la inmoralidad sin límites.

Uno cierra los ojos y piensa en gente heroica como Duarte, Sánchez, Mella, las Hermanas Mirabal, María Trinidad Sánchez, Manolo Tavares Justo, Francisco Caamaño, Illio Capozzi, Fernández Domínguez, todos ellos y muchísimos más sacrificados por anhelar y luchar por un mejor destino para la Patria dominicana.

Esas heroínas y héroes y un infinito número de personas estaban revestidos de grandeza. Eran mujeres y hombres soberanamente dominicanos que llevaban impreso en la mente y el corazón un ideario indeclinable e intransigente. Ninguno de ellos podía dormir en las noches, porque vivían dominados por la pasión de ver su Patria y a sus mejores hijas e hijos dando el ejemplo de una vida y una conducta dignas.

En las últimas décadas, la situación se ha transformado de manera radical. Pienso, a distancia, en personajes como Juan Bosch y como José Francisco peña Gómez. Pienso en Montes Arache, en Evelio Hernández, en Amaury German Aristy y Los Palmeros. Pienso en Orlando Martínez, en Amín Abel, en Fernández Domínguez y la lista es tan larga y tan triste que prefiero no seguir.

La verdad rigurosa es que, con sus virtudes y defectos, mujeres y hombres investidos por sueños e ideales, derramaron su sangre, perdieron su salud, sus bienes y sus vidas, sacrificaron a sus familias porque amaban a su Patria.

Cuando uno aprecia el panorama desde varias décadas a la fecha, con las contadas excepciones imprescindibles, es como para perder el aliento y sumirse en una profunda tristeza.

La denominada actividad política se ha degradado hasta niveles en verdad desmoralizantes y lamentables. Uno cierra los ojos y piensa en esos malandrines que aguardaban en las esquinas próximas a los colegios electorales en las primeras elecciones nacionales de los 20 y en cuyos autos portaban cientos de miles de pesos concedidos desde las alturas del poder para comprar votos a cualquier precio y solo acierta a pensar en qué mucho han cambiado las cosas cuando medita en esos indeclinables grandes mujeres y grandes hombres.

Se descubre aquí y allá a estos, estas y aquellos del pasado mediato y algo más allá comprando trajes, prendas, sombreros en fabulosas tiendas de Miami, de Paris, de Madrid, con los dineros públicos para luego venir a hablar con voces melosas y mentirosas de sus “grandes sacrificios” por los descamisados hijos de la Patria de Duarte.

No dejo de pensar en ese amigo fotógrafo que era testigo airado de las reuniones que se celebraban en aquel ámbito de corrupción ilimitada donde compartían políticos y constructores, la OISE y cómo este o aquel personaje, todos ellos revestidos de capacidades excepcionales, establecían los montos truculentos a derivar en los cálculos de las sobrevaluaciones en las obras del Estado.

La actividad política, y reitero que, con sus excepciones, hace mucho que se ha degradado hasta límites insospechados e inconcebibles.

Los partidos han permitido que gente de lo peor, guiados exclusivamente por sus apetitos y su capacidad para intrigar y extraer provecho personal de esa actividad, gente que carece de integridad, desconocen los principios, y que son integralmente deshonestos en todo el sentido de la palabra, adquieran un protagonismo inconcebible y desconcertante.

Uno tropieza por doquier con estos y estas depredadores de oficio a quienes no les tiembla el pulso para degradar personas y reputaciones a la búsqueda de dinero, prebendas y beneficios espurios sin que importe cual sea su procedencia, y mientras más turbia y enlodada, mucho mejor para ellas y ellos.

Quizás esta sea la hora precisa de organizar la cruzada para eliminar del quehacer político a toda esta gente crapulosa que constituye una vergüenza para hombres y mujeres que dieron lo mejor de sí en aras de una Patria grande y orgullosa, un pedestal y una honra para sus mejores hijas e hijos.

Es hora, por el bien de los mejores intereses y propósitos, de ponerle un freno a la perversidad y a la truculencia.



Roberto Marcallé Abreu

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