El sufrir una agresión sexual en la infancia conduce a consecuencias a corto y largo plazo.
A corto plazo encontramos trastornos del ánimo, cambios en la personalidad, ansiedad, trastornos de alimentación, culpa, tristeza, miedos, disminución de la autoestima, hostilidad, ira, confusión de roles, vergüenza que puede llevarlos al intento de suicidio, enfermedades físicas como dolores de cabeza y otros síntomas a los que no se encuentra explicación y muy importante son las infecciones de transmisión sexual.
A largo plazo puede presentarse desarrollo inapropiado de la sexualidad, promiscuidad sexual, compulsión sexual, problemas en la identidad sexual, miedo a la intimidad, abuso de tabaco, abuso de alcohol y drogas ilegales, hipervigilancia (la persona está siempre alerta, no puede dormir bien o relajarse), desarrollo de fobias, amnesia (no recuerda eventos específicos en períodos de tiempo o el evento de abuso), depresión y estrés post-traumático.
Muchos niños abusados temen que no les crean o que les culpen, se sienten responsables y avergonzados de los que les ocurre y protegen al agresor por miedo o vergüenza.
Es importante observar a los hijos, si nota cambios en ellos y comportamientos diferentes, agresivos, tristes, retraídos, irritables, indiferentes, con terrores nocturnos, debe buscar ayuda pues podrían haber sido o estar siendo abusados.
Es sano trabajar la confianza con los hijos y darles seguridad de que cree en ellos. Si ocurrió el hecho, el apoyo y la protección paterna y el tratamiento psicológico adecuado es imprescindible para la recuperación.