A tres años del boicot

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Federico Alberto Cuello

Hoy es el tercer aniversario del boicot regional contra Qatar. Tres vecinos contiguos, Bahrein, los Emiratos y Arabia Saudita, cerraron sus fronteras y espacios aéreos. Egipto se sumó a la iniciativa. Todos retiraron sus embajadores.

Choques externos como un boicot pueden potenciar o destruir una economía. La rápida recuperación desde entonces merece ser examinada.

Donde sólo había productos lácteos importados, ahora existe la más moderna producción del mundo, con 800 vacas traídas por avión.

Donde unos cuantos intermediarios regionales suplían el mercado alimenticio, ahora se disfruta de una gama más variada de productos que la encontrada en supermercados estadounidenses o europeos. Donde la dependencia de otros puertos regionales era la norma, Qatar va camino de ser un centro logístico por derecho propio.

Ser resiliente implica recuperarse y también adaptarse al choque.

En palabras del Banco Mundial: Qatar “pudo lidiar bien” con el boicot utilizando “su amplia infraestructura para acceder a nuevas rutas de importación y exportación”, aprobando la primera ley de inversión extranjera del Golfo Pérsico en permitir “a los extranjeros controlar el 100% del capital en compañías de cualquier sector económico” y reformando las reglas de residencia “con miras a atraer trabajadores extranjeros altamente calificados para ayudar a Qatar a convertirse en una economía intensiva en conocimiento”.

Al tiempo que concluían las construcciones para el Mundial de Fútbol 2022, Qatar reasignaba su gasto público hacia la defensa, la educación y la salud, continuando así su política de asegurar la igualdad de oportunidades y fortalecer su capacidad de confrontar amenazas externas.

Ahora, por efecto de la respuesta al coronavirus, acelerará la ejecución de la estrategia de desarrollo sostenible contenida en la “Visión Qatar 2030”, para diversificar la economía y reducir la dependencia de los hidrocarburos, agregándoles valor.

Como resultado de las decisiones de Su Alteza el Jeque Tamim Bin Hamad Al-Thani, Emir de Qatar, se ejecuta desde marzo un ambicioso programa de estímulo económico para minimizar las implicaciones negativas del distanciamiento social, financiado parcialmente con una emisión de US$10 mil millones de bonos soberanos, atrayendo ofertas por un monto cinco veces superior.

A pesar de la pandemia y sus efectos sobre el turismo y la demanda de combustibles, el yacimiento de gas natural al norte del país entrará en operación con apenas un año de retraso. Para ello, decenas de buques tanqueros han sido contratados en astilleros chinos y sudcoreanos. Por su parte, Qatar Airways continuó volando a 50% de sus destinos esperando alcanzar 80% próximamente.

Qatar fue incluida entre los países más efectivos del mundo en contener el COVID-19, evaluando a más 5 mil personas diarias y dando tratamientos efectivos sin discriminación que han resultado en una de las más bajas tasas de letalidad y en una de las mayores de recuperación.

Ni un boicot regional ni una pandemia mundial han sido capaces de acorralar a Qatar. No hay dudas sobre su resiliencia ni tampoco sobre su soberanía. Lo que sí hay es admiración por su gobernabilidad de alto calibre, practicada con prudencia y sabiduría.

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