A nadie debe sorprender

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La construcción en Miami de uno de los más modernos estadios de béisbol, con fondos de los contribuyentes, ha desatado, tras el cambio de sus mejores jugadores a Toronto, uno de los más desastrosos y odiosos episodios en contra de una franquicia en la historia de las Grandes Ligas.

Levantado a un costo superior a los 400 millones de dólares, producto de impuestos directos, los dueños de los Marlins aseguraban que sería un equipo exitoso, ganador.

Pero a menos de un año de inaugurado el estadio, el conjunto se ha quedado huérfano de estrellas, al punto de que lo califican como uno de Triple A.

Uno o quizá el principal error de cálculo de la ciudad y los ejecutivos de Miami al embarcarse en la construcción de esa mega obra, fue creer que recibirían el espaldarazo de los aficionados, en su mayoría de origen cubano.

Perdieron también de vista que los miles de ciudadanos de otras nacionalidades residentes en ese Estado, por diversas causas, nunca se han interesado en asistir o respaldar actividades deportivas.

Se programó promover los Marlins como el “Equipo de Las Américas”, pero la estrategia no resultó, por falta de incentivo a los aficionados. ¡Qué pena!

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El Día

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