A 25 años del 11 de septiembre, el recuerdo de un niño que caminó desde Manhattan hasta el Bronx

Jairo Martínez
Jairo Martínez

A los nueve años, Jairo Martínez todavía entendía el mundo desde la lógica sencilla de un niño de quinto grado. Un incendio era un incendio. Los bomberos eran parte de una emergencia. Y una excursión escolar era, sencillamente, una aventura fuera del aula.

Por eso, cuando aquella mañana de septiembre su maestra llevó a la clase al bajo Manhattan, Jairo no imaginó que estaba entrando en uno de los escenarios más dramáticos de la historia contemporánea.

La profesora acababa de llegar de Florida y, como no había podido incorporarse desde el comienzo del año escolar, aquel era prácticamente su primer día con los estudiantes. Quiso comenzar de una manera diferente: llevarlos de excursión a un museo para que se conocieran y compartieran fuera del salón de clases.

Jairo, nacido en Nueva York y residente del Bronx, recuerda que estaba con sus compañeros cuando algo comenzó a alterar la tranquilidad de la mañana.

Había humo. Bomberos. Policías. Gente corriendo y gritando. Pero él no entendía.

“Nosotros nada más creíamos que era como un fire drill, como un fuego normal”, recuerda. Tenía nueve años. Era demasiado pequeño para comprender que los acontecimientos que se desarrollaban frente a sus ojos cambiarían para siempre a Nueva York y al mundo.

Describe que la escuela estaba a pocas cuadras del lugar donde dos aviones terminarían estrellándose contra las Torres Gemelas. En medio de la confusión, un policía indicó al grupo que debía alejarse y caminar hacia una zona más segura.

Fue entonces cuando Jairo vio las torres y vio los aviones, la imagen quedó grabada en su memoria infantil, aunque todavía no comprendía lo que significaba.

Sostuvo que: “Después continuamos caminando. En algún punto del recorrido, mientras nos encontrábamos sobre un puente, las torres gemelas comenzaron a desplomarse. El paisaje cambió en cuestión de segundos y el humo lo cubrió todo".

Manhattan, que minutos antes era escenario de una excursión escolar, se convirtió en una ciudad paralizada, llena de sirenas, polvo, policías, bomberos y personas intentando regresar a sus hogares.

A los niños se les avisó que sus padres serían contactados para confirmar que estaban bien. Pero el problema era otro: no había manera normal de regresar.

El transporte público había quedado detenido, no había trenes. No había autobuses, así que Jairo y sus compañeros comenzaron a caminar, caminaron durante horas.

Desde el Bajo Manhattan hasta Kingsbridge, en el Bronx, recorrieron una distancia que Jairo calcula en más de 20 millas.

Paradójicamente, el niño todavía no dimensionaba la tragedia. Para él, aquello se parecía, en cierta forma, a una excursión que había salido completamente de lo previsto. Caminaba con sus amigos y, desde la inocencia propia de su edad, hasta encontraba cierto sentido de aventura en aquel recorrido extraordinario.

La verdadera dimensión de lo sucedido la descubrió al llegar a casa.

Explica que fue frente al televisor, observando las noticias, cuando comenzó a comprender que aquello no había sido un simple incendio y que había ocurrido algo mucho más grande.

El sonido que tardó años en comprender

Sin embargo, hubo un recuerdo que permaneció en su memoria durante años sin que Jairo supiera realmente qué significaba. Mientras caminaban aquel día, recuerda haber escuchado unos golpes secos, repetidos “Tum, tum”, no sabía de dónde venían, no sabía qué eran, solo escuchaba el sonido y miraba hacia arriba.

Refiere que años después, cuando tenía aproximadamente 15 o 16 años, estaba viendo un documental sobre el 11 de septiembre. Entonces escuchó una explicación que transformó aquel recuerdo infantil.

Los sonidos que había escuchado aquel día eran personas cayendo desde las Torres Gemelas sobre los edificios cercanos.

De repente, aquel “tum, tum” que había permanecido archivado en su memoria durante años adquirió un significado completamente distinto. El niño que había mirado hacia arriba sin comprender descubrió, años después, que había sido testigo y, de alguna manera, receptor de los sonidos más dolorosos de aquella tragedia.

La memoria de un niño frente a una tragedia mundial

La historia de Jairo Martínez representa una de las dimensiones menos visibles del 11 de septiembre: la de los niños que estuvieron cerca de la tragedia sin tener las herramientas emocionales ni intelectuales para comprenderla.

Para un adulto, el humo, las sirenas, los aviones y el derrumbe de las torres podían significar terror.

Para un niño de nueve años, podían ser simplemente señales de algo extraño que estaba ocurriendo en la ciudad.

Esa diferencia explica por qué algunos recuerdos de Jairo permanecieron fragmentados durante años. Primero quedaron las imágenes: los bomberos, la policía, el humo, los aviones, el puente y la caminata interminable hacia el Bronx.

Después llegó la explicación. Y con ella, la conciencia de haber estado cerca de uno de los momentos que redefinieron la historia.

Veinticinco años después, Jairo no recuerda solamente el día en que las Torres Gemelas cayeron. Recuerda también al niño que caminaba junto a sus amigos sin saber que estaba viviendo una tragedia que estudiaría toda su vida.

Su historia demuestra que la memoria de una catástrofe no siempre comienza con la comprensión. A veces comienza con una imagen, con un ruido, con una caminata. Con un niño que mira hacia arriba y pregunta, sin saber todavía qué está viendo, qué acaba de ocurrir.

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Sobre el autor

Erika Rodríguez

Periodista, ganadora del Premio Nacional de Periodismo Turístico Epifanio Lantigua en la categoría Gastronomía y Turismo.