Isla en su tinta (1)

Sin título

Haití y Puerto Rico son del mismo buitre los huesos. En el Caribe, Cuba, República Dominicana y Puerto Rico temen ser como Haití. Esta ansiedad es producto de diversos prejuicios pero, también, oculta viejas tensiones históricas.

Se teme a Haití no solamente porque se le percibe como la quintaesencia de la pobreza, sino por lo que este país representa en la historia de la región.

Haití fue, y acaso continúa siendo, el gran escenario en el que se lleva a cabo el drama que desde hace más de dos siglos cautiva al público de los diversos pueblos del Caribe y que, en muchas ocasiones, luego de asistir a la representación, los deja sin dormir por haber vislumbrado lo que más empecinadamente se niegan a ver.

Consideremos lo que ocurrió en Haití en la segunda mitad del siglo XVIII y a comienzos del XIX y, lo que exactamente doscientos años después, ocurrió y ocurre en Puerto Rico. Examinemos brevemente una estructura y los avatares y las abyecciones del colonialismo en ambos pueblos.

El primer “territorio–vitrina” del Caribe fue Haití o, más bien, Saint–Domingue, como lo nombraban entonces los franceses. A partir de 1695, luego del Tratado de Ryswick, la parte occidental de la Española pasó del control español a manos del reino de Francia. Si Estados Unidos ha sido la sociedad dominante en el mundo en el siglo XX y lo que va del XXI, algo muy similar ocurrió con Francia durante los siglos XVIII y XIX.

Impulsada por los intereses de la nación más poderosa de entonces, el pequeño territorio de Saint–Domingue se convirtió rápidamente en la economía de mayor crecimiento del planeta. Las ganancias obtenidas de la explotación de la caña de azúcar, los cueros, el cacao, el ron y otras mercancías, producidas en el contexto de la plantación esclavista, generaban riquezas deslumbrantes.

Éstas no solamente beneficiaban a una pequeña casta de propietarios y comerciantes, sino que la economía de la metrópoli francesa se desarrolló exponencialmente gracias a la colonia. Ciudades marítimas como Nantes o Marsella florecían, la región de Burdeos creaba viñedos para exportar vino en grandes cantidades al Caribe, París inauguraba sus primeros cafés y daba impulso a su industria chocolatera.

La corona francesa había impuesto en Saint–Domingue una ley imperial llamada la Exclusiva. La exportación y la importación tenían que hacerse en barcos franceses y todos los productos que importaran los habitantes e Saint–Domingue tenían que ser fabricados y cosechados en Francia. El futuro Haití era una colonia pura, con Leyes de Cabotaje, Walmarts y Walgreens, pero en la segunda mitad del siglo XVIII, era tal su actividad económica que casi nadie se inquietaba por estas imposiciones y circunstancias.

Los colonos, fueran de ascendencia europea, criollos o mulatos se consideraban franceses. Sus hijos e hijas viajaban a formarse a la metrópoli. Al cabo de unos años, regresaban a Puerto Príncipe y Ciudad del Cabo para disfrutar de unos privilegios y vivir en una opulencia solo comparable a la de la más alta aristocracia de Versalles.

En Saint–Domingue, sin embargo, gozaban de impunidad y podían permitirse cualquier exceso. El abuso sexual era uno más en un gran catálogo de atropellos y arbitrariedades.

Su riqueza era producto del trabajo de cientos de miles de esclavos que eran tratados con la mayor inhumanidad.

Pero la conducta que exhibían con lo que consideraban su propiedad, se manifestaba también en otros ámbitos. Los bosques eran talados sin misericordia para plantar nuevos cañaverales, las aguas se contaminaban en las factorías en las que se teñían con añil las telas traídas de Francia, que luego la colonia reimportaba a precio de oro.

*Por Eduardo Lalo

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