Los miedos que destruyen la libertad

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“El mundo atraviesa por una crisis nerviosa. Las naciones no pueden dormir en paz. Los individuos que todavía gozan de tranquilidad temen el mañana y los políticos utilizan estos terrores para consolidar su situación. Se ha puesto en claro que el miedo es el mayor capital del mundo, para la política; un mundo aterrorizado como una criatura miedosa, es capaz de acomodarse a cualquier cosa, con tal de que lo proteja”.

“El miedo es un estorbo”, así tituló su artículo la escritora y periodista estadounidense Mary Robert Rinehart, publicado en la revista Bahoruco, en 1935.

Ahora parece extraído del pasado y ajustado a 2016, ¿a un país llamado República Dominica?, que vive en medio de la inseguridad, la corrupción y la impunidad y la deficiencia judicial, capaz de destruir la democracia y la libertad. Tenemos miedo de salir de nuestros hogares y caminar solo por las calles a cualquier hora del día, y las noches se convierte en un toque de queda obligatorio.

Robert Rinehart es autora de varios libros, entre ellos “El hombre murciélago”, una especie de bestia, hombre o demonio, que inspiró la película de Batman, un clásico del cine.

En este artículo, Mary divide el miedo en dos clases: primero es la angustia inmediata del próximo alimento para nuestra familia, la seguridad de trabajo y de un techo seguro. Estos son temores que tienen la ventaja de que puede uno enfrentarse a ellos, luchar y buscar una mejor solución, deshacerse de ellos y analizarlos.

“La otra clase de miedo es la más terrible, porque corresponde al espíritu y es hijo de la imaginación que presiente algo hostil, sin poder precisar en dónde radica el peligro, y se haya uno tan indefenso ante a él como ante un fantasma. Se filtra por el agujero de la cerradura y se esconde en la cabecera del lecho y hay quien para evitarlo se suicida o termina en un manicomio agazapado en un rincón…”.

Mary concluye diciendo: “He llegado al convencimiento de dos cosas: de que el miedo no sirve para aliviar mi situación ni la de ninguno, y que con el tiempo, el mundo se compondrá, es decir, comienza ya componerse”. Estamos cansados e impacientes.

Tomando esta esperanza de Robert Rinehart, de que el mundo comenzará a componerse, es posible que tenga razón. Ya observamos un movimiento mundial contra la corrupción política, la impunidad, la falta de trasparencia y de justicia.

Observamos los casos que pasan en España, Brasil, Argentina y Panamá. ¿Acaso será la República Dominicana la excepción? ¿Acaso creemos que la característica de isla nos aparta de este movimiento ético que exige cuentas claras a políticos, funcionarios y gobernantes?

¿Seremos la excepción de un mundo globalizado en el cual estamos incluidos? ¿Quién o quiénes nos siguen y nos observan muy de cerca, o bien desde lo alto y la lejanía?

*Por Altagracia Moreta Féliz

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